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tundrario

Sujeté la tierra en plena tormenta y se escurrió entre mis manos, fluyó sin textura, sin solidez ni garantías de nada. Estaba húmeda, olía a vida, a la vida en la tierra. Mojándome la esparcí por mi nariz, mi boca, mi bozo, mi rostro completo y mi cuerpo también. No quiero más que esta tierra y su olor, sus lombrices, su campo repleto de hierba y lluvia. Supliqué entonces a Dios, le dije que no quiero tanto, que no quiero ser tanto, que me deje al menos la tierra en las manos y me llene la boca, la garganta, que me ahogue pero sin dolor atrapado en un punto tangencial de la esencia en esta vida. Se apiadó de mí, me dijo que yo estaba destinado no sólo a no ser tanto, sino a no ser absolutamente nada, y a ahogarme definitivamente en la tierra mojada. Lloré de alivio y reí a carcajadas, me eché bajo un sol que se asomó con ternura. Se puso laboriosamente a secar la tierra y las lágrimas de quienes estamos destinados a no ser nada, y ahogarnos definitivamente en las tormentas del campo.

  • ¿Pero quién sos vos?
  • Yo soy el viento.
  • ¿Y dónde estás?
  • En todos lados.
  • ¿Y para dónde vas?
  • Para todos lados.
  • ¿Y tu forma?
  • No tengo.
  • ¿Sos Dios?
  • No, soy el viento.
  • ¿Tenés vida?
  • No tengo.
  • ¿Sos eterno?
  • Lo soy.
  • ¿Lo has visto todo?
  • Lo he visto todo.
  • ¿Lo verás todo?
  • También, lo veré todo.
  • ¿Y qué pensás?
  • No pienso.
  • ¿Y sos feliz así?
  • No lo soy.
  • ¿Sos infeliz?
  • Tampoco.
  • ¿Y qué sos?
  • Soy el viento.

A ver si puedo, quizá pueda. Necesito algo real, algo que se aleje de las altas abstracciones racionales para poder en ese caso, pertenecer a algo cierto y sensitivo. Busco, esta tarde (casi noche) aferrarme a la realidad. Eso haré (futuro), o mejor dicho, tendré (futuro) que hacer. Toco mi barba, reflexiono en el futuro. No existe, claro, será mañana. Allí sólo imágenes o proyecciones de sensaciones, hechos, que no existen, que tal vez existirán, pero no es acaso real, tangible, ni cierto en este momento. Recuerdo el pasado. Pienso en la historia, pienso también en minutos posteriores, pienso cuando escribí la palabra “minutos” en esta misma línea. No existe el pasado, claro. No existe ni yo en él, ni nadie en él ¿Sólo el presente entonces?, negociemos, sólo el presente. Bueno, en ese caso, me aferraré al presente, a la verdad (o mentira, creamos mejor en la verdad) del presente. Me sujetaré fuerte a la palabra “sujetaré”, que quise tomarla pero ya era (pasado) pasado. No quiero despedirme todavía, digo y pienso mientras “todavía” ya no es su propia esencia, no significa todavía. Entonces, más rápido, pisando los talones, caminando cortito, me agarro ahora a una letra a la “a” de ahora. No me sirve. Tal vez en lugar de describir posteriormente la letra a la que me quería sujetar, debería hacerlo previamente, anunciándolo, para demostrar así científica y teoréticamente que en el momento preciso en que esa mismísima letra o palabra es leída por el lector, o escrita por el autor (para lograr fundirnos en un mismo tiempo), ha sido (pasado) “contemplada” o “apreciada”, o vivida en forma plena con total conciencia del presente. Digamos que para lograr apreciar el presente desde el presente, lo anuncio en principio desde el pasado (que ahora mismo es presente) y no desde su futuro (porque ya habrá pasado). No está mal, tiene algo de lógica. Veamos, entonces anuncio con anticipación que viviré en el presente y me sujetaré fuertemente a la palabra “casa” pero no a esta “casa”, sino a la que escribiré en la siguiente oración. El inconveniente es que mientras lo anuncio, en realidad “casa” se me fue, se me hizo pasado, y el presente en definitiva no “será” tal, sino una proyección premeditada desde el pasado hacia el futuro, salteándose acaso la parte importante en la que queríamos trabajar, el presente. De todos modos vamos a hacerlo, ya está, probemos, total no perdemos nada (sólo tiempo, (justo el tiempo (con doble-triple paréntesis))). Viviré en el presente y contemplaré-apreciaré fuertemente la palabra “casa” de la próxima oración:

Qué linda es mi C-A-S-A.

Bueno, debo decir que se siente bien, no estuvo mal. La escribí lentamente con conciencia absoluta, con un aferro al presente, a lo cierto, a mis dedos y el teclado. No sé si le habré ganado al tiempo ni a la realidad, pero al menos por un instante tecleé la letra “C”, y cuando lo hice era mi verdad, “C” fue mi alma, mi vida, mi plenitud. Lo mismo sucedió con “A”, y con “S” y “A”. Lo anotaré (futuro) en mi libreta de hechos y pruebas científicas (entre garabatos de genitales) y reflexionaré sobre lo sucedido (pasado), que ya no sucede, y que vaya uno a saber si en aquel espacio temporal aún existe y es real, porque en éste espacio de A-H-O-R-A (presente), ya no lo es.

Ella entró en mi departamento y se me acercó cubriendo su rostro. Yo le quería decir que la amaba y buscaba su boca. Ella reía y me esquivaba mientras besaba mi cuello y besaba mis hombros. Yo reía aunque no podía verla, algo nervioso trataba de quitar el pelo de sus ojos pero no me lo permitía.

Yo no sabía si estaba soñando pero nunca amé tanto como aquel día. Su sonrisa era oscura y me hacía ver pequeño. Era lo que siempre había imaginado, y justamente hacia ella dirigía todo el amor que jamás supe concebir. Quise explicarle lo que sentía con palabras pero sonaba exagerado, traté también de ser paciente y generar distancia pero no pude.

Busqué mi orgullo y no lo encontraba. Me acercaba y la deseaba cada vez más. Quería que fuese mía, quería que me ame como yo la amaba o más todavía. Quise convertirme en su razón de existir, su energía para enfrentar cada día. Quería que me enseñe su rostro, quería besarla en la boca.

Yo no sabía si estaba soñando pero nunca amé tanto como aquel día.

No tiene que tener sentido siempre, no todo tiene sentido siempre, porque si todo lo tuviera se convertiría de pronto en algo previsible y patético como lo son la mayoría de las cosas. Tampoco puedo explicarte todo, vos sencillamente dedicate a fluir, relajarte, a no leer cosas ya dichas, a no recibir descripciones redundantes ni aburridas. A concentrarte y nadar por lo desconocido e incierto, por expresiones nunca dichas, con herramientas conocidas, claro, pero que abren puertas a otros espacios, porque todas las puertas ya están abiertas, las conocemos todas y están ahí, y estarán ahí para siempre. Mejor otras, mejor crear puertas redondas, puertas de colores, puertas que no tienen forma de puertas pero lo son, y abrirlas sin dudar, conocer lo que hay detrás, que me aventuro a decir que habrá más puertas y es posible que sean más extrañas, divertidas, profundas, de tipos desconocidos para nosotros pero que vale la pena conocer, ampliar el espectro de lo real, porque lo real es penosamente limitado, y por desgracia hace mucho tiempo que no puedo vivir ahí dentro. Creá tus propias puertas, claro, con la forma que quieras, yo no te voy a decir nada, nadie puede decirte nada, y quien lo diga, te lo dirá gritando de rabia nerviosa e insegura, muy despacito, sujeto al marco de su puerta, probablemente de su casa, de la cual no se permite o no puede salir. Vení conmigo, inventemos y abramos más, o ni siquiera, seamos lo suficientemente cuerdos como para crear cualquier cosa, que ya ni tengan forma de nada pero creamos en eso, que en definitiva no hay nada en que creer, y si debemos caer, por lo menos que sea con valentía y dignidad, que sea de pie bajo un dintel redondo o sin forma, bajo un marco imaginario, pero siempre cerquita, o mejor dicho abriendo, sí, abriendo una puerta propia.

Claro que tengo miedo, nunca lo negué. ¿No ves acaso mi boca?, ¿No ves acaso mis labios? ¿Mi temblor fino, mi gesto dubitativo torpemente elegante, mi ser completo? Nunca estuve seguro, nunca lo estaré tampoco. A veces sueño que me despierto y estoy en medio del campo, me levanto lentamente entre la hierba y estoy repleto de rocío. En las gotas diminutas descubro algo de piedad, sí, algo de piedad, no sé bien por qué pero empiezo a correr y a sacudirme, a sentir el frío que me hiela, que de alguna manera me recuerda a lo amargo, al sacrificio incesante, infinito. Me encuentro también con alguien que creo saber quién es pero no estoy seguro y lo abrazo, lo contengo despacio, acaricio y le digo que ya va a pasar, que todo cesará, y le explico que en realidad el rocío no cae, se genera solo, se generó en mi cuerpo y en el de él, y en el campo entero, pero ahí nomás, no tan lejos, no en el cielo, cerca de nosotros mismos y en nosotros mismos también, y justo en ese momento despierto con una sensación de que algo bueno está por suceder, de que al fin y al cabo no se puede ser tan canalla, y algo bueno debe (del verbo deber) suceder.

De dónde sacaste ese diamante, me dijo. No sé, lo encontré, qué querés que te diga, lo encontré por ahí, y es definitivamente un diamante. No sé exactamente el valor que tiene pero sé que es un diamante y nadie me lo puede sacar. Me preguntó de nuevo si el diamante lo había encontrado o en realidad lo había generado yo. ¿Y cómo lo voy a generar, qué te pensás que soy? Me dijo también volviéndose oscuro, cobrando de pronto un halo de misterio, una mirada tenaz, que los diamantes no se encuentran solos, que hay que buscarlos o en realidad se pueden hacer, se generan en casa si tenés un poco de espacio. En el patio ese que tenés vos, me dijo, ahí podés hacer perfectamente un diamante, ¿Y cómo lo voy a hacer? Si te digo que no lo hice yo. No tenés que darte cuenta para hacerlo, no siempre tenés que darte cuenta para hacerlo. A veces te llega esa hora en que no estás seguro por qué ni cómo pero te sale un diamante, te sale de las manos, del sudor, de la sangre, la cara, como sacarte una careta, ¿Entendés? Yo no estaba seguro de que estaba entendiendo pero empecé a mirar el diamante, empecé a sentirlo mío, pero de verdad, de engendrarlo, de no ser una tonta casualidad de haberme tropezado con él por ahí, y lo mostré, se lo mostré a todo el mundo y les dije que tengan mucho cuidado, y que aunque me lo roben no me importaba, que lo toquen y hagan lo que quieran porque yo estaba seguro y tenía muy claro de donde había salido. Mis entrañas se extrañaron en principio pero se vieron al fin con su debido reconocimiento, su trabajo apreciado, y exhaustas descansaron y dejaron que yo me encargue de mi parte, y aunque no lo sabía todo, supe que no había más verdad que esa y que tenía razón, y que al mirar el diamante, siempre la tendría.

Vi en sus ojos su inocencia, su consideración ingenua, su falta de herramientas para explicarme sus razones. Yo las sabía pero siempre fui malo. Insistí, desaté una aglomeración de palabras que unidas tenían sentido, que formaban una ecuación matemática sólida, una defensa india de rey infalible, y castigué e insistí en la herida, en lo racional, en un método perverso y manoseado, manipulando conceptos, trastocando verdades y alterándolas para siempre, para que crea que es culpable, que tuvo la razón y la perdió, se le escurrió entre sus manos y ahora todo es confusión, es falta. Vi su tristeza, sentí lástima sincera. Quiso explicarme pero no le quedaba más nada, se resignó. Sus ojos lagrimeaban, rogaban que comprenda, que por una vez desestime la lógica y no haga de todo esto una construcción logarítmica imposible porque será justamente imposible para siempre. Ahondé una vez más. Calculé diez jugadas adelante, y nada más se pudo decir, todo acabó como acaban las cosas efímeras, como acaban los libros que no tienen sentido, como acaba a veces el amor o el odio, o más bien las sensaciones similares e insuficientes que se acercan a la falta de amor, o la falta de odio.

El radiante Muda, conocido por los distintos artículos periodísticos como “el Joven”, andaba en uno de sus viajes por las islas del Mar Índico con la esperanza de poder cruzarse en algún momento con el supremo “Hombre Inteligible”.

El Joven se encontraba de alguna manera afligido porque aún siendo poseedor de una corta edad, sentía que lo había vivido todo, y que los intensos estímulos eran parte de su pasado. Se preguntaba de qué manera lograría recomponer su espíritu y volver a percibir esa sensibilidad tan pasional que ha sabido acompañarlo durante tantos años.

El Joven caminaba varias horas durante el día y se dedicaba a contemplar la naturaleza. Por las noches bebía alcohol para asegurarse de ser honesto, y conversaba con todas las personas que podía. Mucho aprendía Muda de estos encuentros mientras desgastaba en simultáneo su capacidad de ser conmovido.

Una noche se encontraba embriagándose en la hermosa arena de una de las Islas Seychelles fijando su mirada en el horizonte marítimo. De pronto el Hombre Inteligible se hizo presente y se sentó junto a él. El Joven no se dio tiempo para el asombro y le comentó de inmediato sus frustraciones. El Hombre Inteligible escuchó con atención y le ofreció un sabio comentario:

“Tu nacimiento y tu muerte se encuentran en este momento en extremos equidistantes de tu actual posición con respecto a tu idea temporal. Sólo puedes encontrar la valoración del presente cuanto más próximo te encuentres a alguno de estos puntos elementales de tu existencia.”

Muda reflexionó profundamente y halló en esas palabras una respuesta que no había imaginado. Con una sonrisa se volteó para abrazar al hombre que ya había desaparecido.

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