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Estábamos todos juntos en el túnel. El piso se movía, nunca sentí, ví, u oí nada igual. Yo escuchaba distraídamente la charla motivadora, todos lo hacíamos y se nos escapaban sin querer unas miradas algo nerviosas. Teníamos miedo. El capitán, como siempre hablando algo de nuestras familias, de darlo todo por nosotros antes que nada, por nuestra gente, por el compañero, algo así que sólo por esta vez no sonaba creíble. Su voz siempre estridente estaba quebrada. Vinimos a una especie de tumba, pero viva, tal vez la nuestra. Aplaudimos juntos confusamente como dándonos ánimo al terminar la arenga. Algunos hacían la señal de la cruz, otros miraban hacia arriba como si allí estuviera el cielo por detrás del techo del túnel, otros besaban al compañero. Alguien por allá nos dio una señal, a la cancha muchachos, es ahora. Se veía luz, un impecable césped iluminado. Salimos al trote con cara de entereza, de que nos daba igual. La luz se acercó hasta ser la realidad. Una escandalosa silbatina nos recibió de la forma más hostil posible buscando amedrentarnos. No sabían que en definitiva fue el momento más afectuoso de toda la noche.

Los minutos pasaron y empezamos a hacer movimientos precompetitivos. Nos hacíamos los distraídos y mirábamos de reojo esa locura que nos abrazaba y abrasaba. Se sentía como en una olla que estaba por estallar. Los cánticos cambiaban, variaban hasta que finalmente tomaron un camino cíclico, empezaron a seguir una línea repetitiva, una y otra vez mientras su volumen se elevaba ligeramente. Ya éramos parte de una masa sin querer serlo. Nos pasábamos la pelota y el campo vibraba. Esto parece temblar, pensé. Una bandera aclaró rápidamente mi duda. El estadio latía. Ya no estábamos allí. Nadie nos observaba. Ni siquiera teníamos la dicha de ser protagonistas. Ya no nos silbaban ni reprobaban nuestros movimientos. Ahora eran ellos bailando, ellos saltando, festejando aún antes del espectáculo. Celebrando la reunión, la noche, la fiesta absoluta y todo lo que vale la pena en esta vida por momentos miserable.

Se unieron, saltaron más alto y se dejaban caer con mayor desfachatez. Unían sus gritos y concentraban su energía en la planta de sus pies. Allí colocaban todo el peso de su cuerpo, de su pasión y deseo, el peso de sus frustraciones también, de la tristeza de vidas no vividas, de la alegría de la familia unida. El volumen de la multitud de pronto se volvió ensordecedor, algo estaba sucediendo. Como si fuera poco, acompañaron la euforia total unos fuegos artificiales. La fiesta era completa. Los futbolistas de Boca Juniors aparecían en medio del jolgorio caminando pacientemente en dirección al centro del campo. La hinchada continuó su cántico tradicional repitiendo las clásicas estrofas:

“Boca, mi buen amigo” se oyó estruendosamente. El ánimo incondicional del hincha se hacía presente en su máxima expresión. Términos de entrecasa, de barrio e infancia aparecían para acompañar a sus futbolistas. “Esta campaña volveremos a estar contigo”, fidelidad eterna, aguante. Compañía recíproca de alegrías y derrotas, de llenar uno la vida del otro, de quiénes no podrían jugar o dejarse la piel sin el aliento constante, y de quiénes no podrían atravesar las infamias e injusticias de esta vida sin poder refugiarse al menos durante noventa minutos en un juego real e irreal, abstrayéndose de las miserias rutinarias. “Te alentaremos de corazón”, ¿Creerán en dios?, ¿Creerán en algo?, o acaso la evolución humana y del cristianismo, tan flexible para algunos, el ateísmo masificado los ha llevado sin notarlo a una creencia prácticamente religiosa que ni siquiera son capaces de percibir. La identificación con una camiseta azul y oro como verdad eterna, causa y razón del vivir, de transmitir a sus hijos, de estadio que se convierte reiteradas ocasiones en misa, de ataúdes con colores de Boca, de razón del morir. “Esta es tu hinchada que te quiere ver campeón”, deseo tan fuerte, tan necesario y creíble, volcado al campo con agresividad y alegría mezclada, con un éxtasis eufórico, con sonrisas y espíritus en su punto cúlmine, perfecto, que la vida no es otra cosa que apasionarse, que es vivir todo lo que se pueda como se pueda, en ese momento de griterío y furia, descarga total de amor y odio. “No me importa lo que digan, lo que digan los demás”, porque ya nada importa, como debería serlo todo siempre, y por suerte ahora, es. El trance se ha vuelto absoluto y la alegría y la fiesta se justifica a sí misma, ¿Qué sonrisa acaso debería dar explicaciones?, ¿Qué padre tendría que desarrollar argumentos mientras salta con su hijo en sus hombros?, ¿Qué pueblo debería excusarse por rozar al menos por un momento el presente y a su efímera gratitud? “Yo te sigo a todas partes”, cincuenta mil gargantas estallan en un justo sentir compartido. Se pueden percibir también sonrisas con ojos húmedos, hombres duros que recuerdan tal vez a sus padres, el seguir y el apoyo, el brindar sin esperar, dar el primer paso sin esa pasiva energía espantosa de quien juzga y deja en manos de los demás, quien en su trono cree que merece lo que todavía no tiene, y no lo merece ni lo tendrá.

“Cada vez te quiero más”, sentenció la multitud a los saltos. Riendo, vibrando, alentando, dejándonos perplejos a nosotros. Quienes sin notarlo ya no estábamos haciendo movimientos precompetitivos ni elongando, ni preparándonos para nada. Sólo observábamos aquella locura de la cual queríamos formar parte. Contemplábamos la paciencia inexplicable de los futbolistas de Boca Juniors, quienes levantaban los brazos y aplaudían la fiesta, reconocían con honestidad el recibimiento, el agasajo que nadie puede merecer. El aplauso se volvió recíproco, el estadio se detuvo un momento para ovacionar de forma elegante a sus representantes. El partido debía comenzar en breve. No supe qué íbamos a hacer, qué deberíamos hacer. No sabía si mis piernas temblaban por sí mismas, por mi miedo, o el latido del estadio lo generaba. Volvimos a la realidad, nos dispersamos y nos colocamos en los puestos correspondientes para comenzar el juego.

Como si todo aquello hubiera sido un sueño, o un acto suficiente, la multitud se unificó nuevamente y gritó ridículamente más fuerte. Pude distinguir una masa compuestas por pequeños brazos transformados en delgados hilitos extasiados que se sacudían coordinadamente con furia y entonaban acompasados “¡Y dale!, ¡Y dale!, ¡Y dale Boca dale!”.

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Y a la noche casi antes de dormir, sin poder dormir, me invadió un (el) sueño. Ganas de todo y esperanza, tal vez sea el amor o la alegría, que al mejor estilo Sísifo nunca se dejarán vencer. Inicié una sucesión mental de ilusiones sin conciencia exacta, imágenes alegres, escenas en cámara lenta, hierba eterna. Un sol despojado de hipocresía, el placer. De ese que no termina de salir del estómago, como si se quedara en otra etapa del aparato digestivo y se engendrara en la punta de la lengua con algunas bacterias por no cepillarla debidamente. Fluyendo naturalmente. Blap blap, harían un ruido así, como de sapo bajo un contexto incierto o de gelatina cayendo por las escaleras. El (un) sueño me invadió repleto de imágenes, yo era niño de nuevo, abría una puerta y era feliz. Los muros tomaban cierta dimensión desconocida, eran de alambre y se colocaban en un ámbito maravilloso por donde suele haber satélites y a veces astronautas. La fe se ajustó, le dio exacto en la nota cuando tocaba un sol sostenido con el piano y gritando fuerte ese mismísimo sol, bien sostenido. Se sentía todo junto en el esófago, era la felicidad. Efímera seguro, quedate conmigo, supliqué algo nervioso, volviendo casi súbitamente a un estado de tensión natural. Me quedo con vos, me acarició. No estás solo. Ojalá que esto me pase siempre, que me pase todas las noches antes de dormir, y así no dormir nunca. Eufórico, despierto y soñando. Tuve miedo. En la ventana, la noche oscura. Los vecinos que llegaban a sus casas, se refugiaban en un aparatongongo, la forma de decir aparato con un asco extramundano, y una visión de descanso y sentirse bien. Temblé, quise para siempre el delirio absoluto y las palabras eternas, quise correr. Encontré un silencio prácticamente divino (de dios), claro, de conexión gástrica, de ser más trascendente que mi aparato digestivo, de ser más profundo que el intestino grueso y delgado juntos. Ay, pensé, si tan solo mi mano pudiera tocar, mis yemas rozar con mi búsqueda, con el camino que no es camino todavía, y que quizá se haya convertido en sí mismo, en una calle de tierra paralela, una curva contraria a los atajos, que sea mucho más difícil que el principal, un sendero en el bosque para perderme, y dejarlo todo allí. Tal vez regresando con la verdad oculta, con el cielo y el sol en mis manos quemándome, o perdiéndome tal vez en la negrura de un bosque con ojos tristes y pícaros, como mis vecinos que tienen miedo, como el estómago cuando se retuerce y no da paso a las vigilias y sueños felices, ni a los niños repletos de llanto alegre que duermen en habitaciones de alambre, y sueñan con espacios oscuros y lejanos, infinitos.

– ¡¿Qué es eso?! – Preguntó Julio enloquecido.
– Son las nubes – Respondió Diego casi bostezando.
– ¡Pero están abajo!
– Claro, salamín.
– ¿Estoy muerto?
– No.
– ¿Soy dios?
– No.
– ¿Y cómo estás tan seguro?
– Estamos en un avión. Mirá ahí viene la azafata.
– Tal vez sí soy dios. No digo que sea “el dios number one”, pero quizá soy de esos griegos que hay un montón. Tal vez soy el “dios de la atmósfera”, o el “dios de las aerolíneas low cost”, ¿Qué me decís, eh?
– Pedime un whisky.

Entro lento a la cocina. Agarro la cajita de fósforos y saco uno. Lo raspo y se prende, lo conservo en mi mano derecha y con la izquierda presiono suavemente la perilla del gas para encender la hornalla. No entiendo porqué tiene grasa ésto todo el tiempo, ¿Es el aceite?, ¿Será acaso el vapor o más bien el gas que expulsa el churrasco a la plancha? Tal vez cuando le sale ese juguito, que luego es elevado a altas temperaturas, termine por tomar un estado gaseoso-grasoso que precisamente engrasa las perillas de las hornallas y los cerámicos. Un poco hacia la izquierda la perilla, que quede horizontal directamente, al máximo. Ya los números ni se ven, ni las marcas, ni nada, pero uno lo hace de memoria. Acerco suavemente el fósforo y finalmente se hace el fuego. Miro por la ventana de la cocina, chusmeo un poco cómo andan las cosas en el barrio. Ahí va la vieja de enfrente, ¿Cuántos años tendrá ya?, qué mala sangre se hace con ese hijo que tiene. Agarro la pava. Abro la canilla (canisha) de la cocina y la lleno. Agua fría mejor porque la caliente viene del termotanque y por lo general puede traer algunas bacterias o algo así, o al menos la fría viene directo del tanque de reserva y no tiene que andar pasando por otro. Pongo la pava en la hornalla (hornasha). Abro la alacena, busco el mate, lo agarro y lo poso en la mesada. La yerba, a ver, ¡Má!, ¿Dónde dejaste la yerba?, ah ok, si. Si está acá, joya, gracias. Pongo un poco de yerba en el mate. Lo sujeto ahora con mi mano izquierda y con la derecha tapo todo el círculo completo. Lo vuelco haciendo un movimiento algo exagerado, pero me sale así. Tal vez no sea necesario mover todo el cuerpo para eso, pero a mí me resulta que sí. Si alguien tiene algún problema que no mire (a través de las palabras), y lo haga como quiera en su casa. Antes de sacar la mano pongo el mate en horizontal, cosa de que la yerba deje un espacio para la bombilla (bombisha) y siendo técnicos, se vea o quede al aire una mínima parte de la base interior. La mano derecha me queda llena de un polvillo verde bien fino y la marca del círculo de mate. Tampoco estoy seguro de que sea necesario presionar tanto. Me lavo las manos, agarro el repasador y me las seco. A ver la bombilla, abro el cajón, revuelvo algunos tenedores, cuchillos, (clinck-clinck opaco y apagado) acá. Hay dos pero agarro una que me parece que funciona mejor, con una especie de espiral metálica, y no la otra que es como un filtro con una forma más ancha en la parte inferior. Agarro la bombilla (bombisha che boludo) y la pongo bien en el mate de costado, con suavidad y que toque bien el fondo sólido del mate. Dejo todo listo de pie en la mesada. La yerba debería tomar un ángulo de cerca de treinta y cinco grados, con la pendiente bajando obviamente hacia el sector donde se encuentra la bombilla. Voy a chequear la pava, todavía falta un poquito. Agarro el teléfono, mando unos mensajes de whatsapp, miro mínimamente facebook. Miro sin ver, sólo me dejo llevar por el deseo ansioso inacabable por un minuto. Vuelvo a chequear la pava. Agarro el repasador porque está caliente, lo apoyo (aposho chabón) en el mango y con las dos manos hago fuerza para abajo. Ya siento esa vibración suave. Saco la tapita de chapa con el repasador, porque obviamente el cosito de goma con el que originalmente se sujeta la tapita de chapa, hace años que se salió. Observo unas minusculísimas burbujitas que quieren empezar a brotar. Con mi mano derecha de nuevo la perilla de la hornalla hacia adentro, y después a la derecha dejándola en posición vertical. El fuego se apaga completamente. Me muevo en la mesada, agarro el termo, lo abro y vuelco el agua que le quedaba de una reunión anterior en la bacha. Lo coloco al lado del mate sin la tapa. Agarro el repasador de nuevo para no quemarme con la pava, la tomo del mango y empiezo a volcar en el termo. Escucho atento el ruidito a llenado que se va haciendo más y más agudo, hasta que alcanza una especie de nota tan alta que es imposible superar. Asomo un ojo despacio, no sea cosa que el vapor caliente me queme la retina y ya veo un poquito el agua. Suficiente. Vuelvo a dejar la pava arriba de la hornalla apagada. Agarro la tapita del termo y lo cierro. Me encanta este termo con ese botonote gigante. Lo aprieto y sirvo el primer mate. El chorrito de agua en el sector indicado justo acariciando la bombilla. Que la parte más alta de la yerba quede seca por favor. Cuando alcanza la altura suficiente para que no sea un mate corto, pero que deje seca parte de la yerba, lo tomo. Upa, caliente, pero bien, en cinco minutos va a estar perfecto. Escupo el primer mate en la bacha. Qué verde, debo tener toda la lengua y los dientes verdes ahora, tal vez aliento a león muerto también. Salgo a la terraza, y mi madre conversando con mi hermana. Pongo el termo en la mesa e inauguro la ronda pasando el primer verdecito. Veo el sol del atardecer en casa de mi madre, unas medialunas en la mesa, alcanzo a distinguir una bola de fraile también que seguramente será mía, charlando un poco de cualquier cosa y se me escapa una sonrisa. Mi vieja me mira, quién sólo se ríe de sus picardías se acuerda, me dice. No sé si aclarar o no. No quiero arruinarlo todo con algo de sensiblería barata de mates de sábado o domingo por la tarde. Sonrío nomás y me callo. Tomate un mate viejita, guarda que está caliente.

Cuando lo miré a los ojos, hice algo de fuerza. Después, mucha más. Abrí aún más los míos y lo deconstruí. Pareció tener miedo o suplicar, una de las dos. Tal vez pedir clemencia, escudarse en la compasión o alguna de esas sensaciones cobardes. Mis ojos más fuertes, fueron lentamente absorbiendo los suyos. Modificaron su morfología. Apliqué más intensidad en el hecho, mis ideas modificaron así mis percepciones, tuve entonces la capacidad divina de alterarlo por completo. Su rostro ya no parecía humano ni sus colores reales. Se convirtió en algo abstracto, surreal, incapaz de ejecutar comportamientos naturales, ni sentir temor, ni nada similar. Lo libré tal vez de la cobardía y el miedo, pensé risueño. Reí a carcajadas y miré al cielo. Allí seres inteligibles me felicitaron en principio por mi conversión nouménica definitiva y me juzgaron también por el uso inmoral de mis facultades. Me sentí avergonzado, volví inmediatamente a acariciar y besar la tierra entre sus manos. Hice un esfuerzo más leve y lo regresé a su estado natural. Le pedí disculpas de corazón. Por hoy estuvo muy bien.

Dolor moderno. Ese chat. Ese nombrecito que estaba ahí tan al alcance, tan arriba cada vez que uno controla en el teléfono la innumerable lista de la avidez de novedades más burda y enferma. Tan lo último de lo último, una compañía total. Como una roca cayendo en una ladera fría, como una gota, fría también, tiene que estar helada sin excepción. Hacia abajo, con el dedo deslizo nombres como si fueran números, y para buscarte, para repasar palabras, recuerdos. De a poco hay que bajar. Buscarte cada vez más abajo, perdiéndote quizá entre nubes. La montaña está por arriba, ¿Yo estoy arriba? La vida tal vez será esa montaña, yo todavía no sé si soy la montaña o las nubes, o el dedo, quizá sea el teléfono, o mi propia vida materializada en un cuerpo insuficiente. Y vos perdiéndote, tus palabras que te conforman son ahora una nube perdida, un recuerdo cayendo, el tiempo que tic-tac, que te quiere convertir en una fecha, en numeritos groseros, y el muy cobarde lo hace. Ya sos numeritos, sos una fecha, vieja por cierto, que tic-tac como el tiempo, como la roca que cae en la ladera hecha de roca también, pero más grande, y tic-tac va cayendo a 9.81m/s2. Cada tanto el tac es más grave, más perdido y seco, olvidado, al golpear con una superficie más diagonal que provoca una eyección menos paralela a la ladera y TAC, más lejos, justo cuando ya no sé si volverá un tic, un tocar de nuevo con la ladera, con la montaña, esa piedrita se aleja como un paracaidista entre las nubes, se vuelve incalculable e incierto, se pierde, como también pierdo tus palabras y tu fecha, y ya casi que adiós piedrecita perdida entre las nubes, ya no te veo y qué hacer sino seguir, para arriba, en mi mundo, porque en el tuyo yo soy acaso esa piedrecita que tic-tac, que el tiempo y la distancia, que a 9.81m/s2 y me perdí en las nubes y en la caída, y de ahí mirar todo el mundo desde arriba, pero el pico desde abajo, hasta que una nube me tape y me ahogue, y ya no vea nada, ni siquiera a vos, ni siquiera a mí.

Cuando el sol desaparece, cuando las verdades descansan, cuando quienes dominan este mundo duermen, es el momento en que sale a la calle el extraordinario escritor de tangos Attilio Olivetti. Fuma tabaco y camina. Puede resultar extraño pero se reconoce en su rostro un sutil esbozo de alegría.

Reflexiona sin exigencias y lo hace sobre la mismísima noche. Busca su mejor tango con un anhelo suave, maduro, sosegado. Hace algunos años ha dejado de perseguirlo en la luz del día y se pregunta cuál será la causa de aquella inconsciente decisión. Será, piensa, precisamente porque el mundo descansa, porque el reloj detiene su agresiva marcha militar y se esfuma. Sin los azotes del tiempo transcurriendo, se hace más sencillo detenerse, justamente detenerse, concentrarse, el ejercicio primero para el trabajo primero, el del arte.

Será, dice, que en la noche no solamente el tiempo se paraliza, sino que corre lentamente. ¿Y qué es un tango, si no es una sensación lenta y descriptiva?, como cualquier texto, como cualquier escrito que fundamenta su autenticidad en los detalles, en la ralentización, en pequeños hechos disgregados por la imaginación y por la propia naturaleza del arte literario. Acciones que normalmente ocurrirían en simultáneo parecen encontrar en las palabras su espacio deseado para lograr desenvolverse con detenimiento, con paz, en una situación que no existe, por suerte, piensa Attilio, y sospecha que en definitiva se ha vuelto mucho más bello vivir en ese mundo ficticio de su imaginación que en ese otro tan grosero y mundano, el real.

Sonríe ante la posibilidad de caer definitivamente en la demencia, fuma tabaco y continúa su marcha silenciosa por la noche. Se aparta de la escena el magnífico escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires.

  • ¿Te das cuenta?
  • De qué.
  • De todo esto, que es en definitiva una locura.
  • ¿Qué tipo de locura?
  • Una locura infinita, inabarcable.
  • Me doy cuenta a medias.
  • ¿Y qué hacemos con todo?
  • ¿Qué todo?
  • Con todo en sí mismo, con “el todo”.
  • El todo seguirá ahí, no te hagas mucho problema por eso.
  • ¿Y qué haremos con ese todo?
  • Yo que sé, creo que más bien él lo hará con nosotros.
  • ¿Y qué hará el todo con nosotros?
  • Yo creo que nada.

Las rocas quieren ser arena. Las rocas no quieren esperar tanto para ser arena. Se erosionan lentamente, maldicen su naturaleza y esperan. La arena danza sobre el agua, se ríe de las rocas y las alienta con ternura. La arena sabe que la espera valió la pena, pero la espera es pasado para la arena y presente para las rocas.

Las rocas lloran y le piden piedad al viento y al agua. Esa tortura suave y oriental se vuelve inquietante. Piden fuerza y voluntad para su evolución, para ser arena y para jugar dentro del agua y dentro del viento.

El sol aparece, el horizonte se llena de vida. El viento sacude al agua, el agua salta y juega arrastrando arena. La arena nada sobre el agua o dentro de ella, también salta y vuela con el viento. Las rocas, inmóviles por los próximos millones de años, sueñan en silencio, maldicen al tiempo y esperan.

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