Siento unos parásitos navegando por mi uretra. Por las noches me generan cierta comezón, que por momentos, en el delirio de la confusión, puedo sentir alrededor de mi ano. Me generan una fuerte incomodidad, decidí llamarlos “mis enemigos”. A veces aprieto mi pene con mi mano completa. A veces pienso en la mirada vacía de mi urólogo. En ciertos instantes consigo ver glandes en reflejo de su mirada, que súbitamente padece balanitis y en su casi imperceptible angustia, segrega esmegma por esos ojos como símbolo de llanto y de su responsabilidad como profesional con respecto a mis padecimientos. Mis enemigos persisten en el frente, mi contraataque debe ser rápido, preciso, y estratégicamente inteligente. Mi posición todavía no está definida, pero intuyo que debo atacar por dentro, beber alcohol por ejemplo aparece como una alternativa a considerar, que recorra luego mi uretra de forma desinfectante, quizá arrasando parásitos dejando un camino de ardor y frescura, y en caso de fallar, que por lo menos se aloje rápidamente en mi cerebro para reducir la sensibilidad de mi sistema nervioso y olvidar así a mis enemigos.

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