El fuego o aquel fuego no tiene forma especialmente bella, no es necesariamente un conjunto de curvas perfectas combinando tonalidades amarillas y rojas, intermedias, anaranjadas, por momentos azules, que distorsiona lo que osa ser parte de su detrás y lo derrite. Uno solo puede tomarlo como lo que es, un elemento en parte plácido, sin olvidar su componente violento y mortal. En algunas ocasiones controlado, bajo, tal vez cociendo lenta y obedientemente, en otras, desproporcionado, voraz, tomando cortinas, muebles y libros, expulsando un humo que lastima. No podemos huir del fuego cuando se le da por alojarse en nuestras entrañas, ni siempre controlarlo, o alimentarlo en su justa medida. Toma lo que quiere, crece, retrocede, solo podemos sentirnos por lo menos agradecidos de haber sido elegidos por su caprichosa voluntad y aceptarlo simplemente por su naturaleza.

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