La arena bajo los pies, con pies duros y callosos de largas caminatas, es una descripción más o menos acertada de unos días en la playa. Las olas llegan y traen otras olas, en ocasiones con cierta espuma. Se superponen unas a otras como encimándose, a veces las imagino organizadas y en paz, como un masaje o una continuación de caricias, en otras lo pienso como un amontonamiento desesperado. Las olas siempre vienen, nunca van. Esta última tarea le corresponde a nuestros pies callosos. Parado en ese pequeño espacio de las olas soltando su último suspiro de llegar a su máxima expresión. Justo allí uno puede mirarse los pies y sentir un breve mareo proporcionado por cierto efecto visual del ir y venir de los restos de las olas. Últimos suspiros dejándolo todo, y últimos suspiros con tareas cumplidas. Nuestro papel es definitivamente ese ir en dirección al punto central del océano, el que las olas, quizá por imposibilidad o cobardía no son capaces de concebir.

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