Un palito flota en el agua caliente, casi hervida, a noventa grados exactos de temperatura. Flota y naufraga expulsando restos de su sabor concentrado, el que ya casi olvida. Flota y busca otros palitos verdes. Se reúnen y quizá en comunidad logran expulsar con furia, como haciendo esfuerzo para soltar un gas o las heces, su interior de palito verde, todo su sabor, entregando en el último de cada uno de sus suspiros. Aparecen flotando otros, ya blancos y petrificados, casi fríos, sin interior ni sabor, sólo con recuerdos de palito, que una y otra vez son embestidos y ahogados por un agua caliente, que quema su piel, y rezan, pero con alegría. Agradecen su naturaleza, se reúnen con amargura, porque el acto de flotar y ahogarse debe ser amargo, como el sacrificio. El caos se instala, los palitos entregan y ceden. Las pequeñas hojitas se reúnen, forman parte de lo mismo, ahora de un lodazal verde que haría una especie de cruich si es aplastado en su conjunto. El agua es total y los pocos valientes que quedan, flotan lavándose, el agua ya casi tibia, un poco más suave. En el fondo se reúnen los más tímidos o débiles, los primeros en ceder. Ya sin agua, la comunidad conserva la humedad y el recuerdo de su sabor y su entrega de palitos fieles.

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