Todo está dicho. Lo que está al alcance de nuestras manos. Lo curioso, me dirás, es tener otras manos. Unas con venas delgadas y azules. Manos débiles que se pueden herir fácilmente rozando alguna textura sutilmente rugosa, que exponga sus venas frente a una lija, su carne ante un rasguño. Manos que tocan el aire, que exponiéndolas sensiblemente al sol, se queman. Manos torpes que sólo pueden acariciar, que no golpean, que se ven rojas y asquerosas como de un bebé que acaba de nacer. No son normales ni sencillas. Cuesta trabajo desarrollarlas, con un dolor ahogado, un sonido atrapado en un cuarto de plomo. Cuesta el respiro profundo, la observación absoluta, el estado cúlmine del estar vivo. La sonrisa triste y negra, vacía, que sale un pozo profundo. Usar nuestras manos, las que nos dieron con esos callos, con cicatrices y un sentido del tacto voraz e insuficiente. Tocar con las que tenemos las otras, y nuestros cabellos. Ser por momentos nuestro estado cúlmine y encontrar allí las súplicas de los ángeles, y en ellas, las verdades secretas.

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