¡Cuántas luces de colores!, me agradan mucho. Son muy alegres. Algunas luces rojas, o una sola pero dividida. Se me mete por las axilas, por los pelitos de las axilas, me hacen cosquillas, me empujan a levantar los brazos. Las luces verdes me dan en la cara, los ojos. Los abro y me siento verde, siento también el azul en mi cintura, en mi pelvis, mis muslos. Descubro posiciones, ensayo posturas de un baile que parece satánico con el rojo, que parece divino con el azul, de un cielo que da miedo, el de los dioses temibles. Con el verde intermedio, demasiado terrestre, practico movimientos en su punto máximo de dolor o de placer, con gestos, con caras de sufrimiento o de alegría extasiada. Con el amarillo, me sigo moviendo con una atmósfera suave, misericordiosa, de acciones que están por llegar al atardecer y tal vez pueda anticipar ahora con una sonrisa humilde y alegre, pero muy sutil y sin dientes. Como preparando un acto elevado, probablemente, esperando la ocasión precisa y romántica de defender una patria que no tiene banderas, solo feliz.

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