Se me escurría de las manos con un misterio lento, con la sensación sutil en las yemas de mis dedos de una seda deslizándose detenidamente, dejándome aquella percepción táctil como último vestigio de su presencia. Vuelve a mí, por favor, le repetía solemne y sin miedo ni vergüenza, con la certeza de estar diciendo siempre la verdad con un sabor amargo que lo sentía sobre todo en la contracción de mi garganta, en la sed de mi estómago. Si ahora vuelo, con este paño de seda que vuela y se posa en mis manos, en mis yemas, a veces se me mete por la garganta y todo parece un sueño, o tal vez yo me convierto por momentos en Dios. El miedo se esfuma y me gustaría encontrar la manera precisa de hacer llegar este paño de seda en mi interior, envolver con él mi corazón y sentir justamente allí la sed amarga y la contracción de mis latidos. Emulo el placer con el alcohol, llenarme por dentro de la amargura que no resulta traicionera, ni se me escapa tenazmente, hasta que el miedo cese y un suave paño de seda, demasiado realista esta vez, de un material más económico, me envuelve por lo menos los sesos, por lo menos, y me invita en un movimiento forzoso, muy forzoso, a gozar por unos instantes del poder absoluto, de la exactitud del alma, claro, de aquel estado de paz insustituible e inmejorable, del bendito delirio infinito, y de las palabras eternas.

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