El escritor de tangos Attilio Olivetti toma un papel en un particular estado de armonía y escribe en él una verdad. La observa fijamente y frunce el ceño. Fuma tabaco con calma. Se acomoda en su asiento y continúa examinando extrañamente aquel mensaje.

Aleja un poco el papel de su mirada, y lo vuelve a acercar. Decide tachar desprolijamente con su birome aquella verdad y en su lugar, escribe una mentira. Reflexiona y se recuesta, observa fijamente el papel.

De pronto siente ansiedad por escribir una verdad mejor que aquella mentira e intenta hacerlo. No lo logra y vuelve a tachar el escrito. Nuevamente escribe una falsedad. Sigue fumando y reitera su análisis.

El escritor de tangos repasa las distintas variantes. Busca purificar una idea en un punto prodigioso que tenga al mismo tiempo las virtudes de las verdades y las virtudes de las mentiras pero que no sea ni una cosa ni la otra. A veces piensa que su búsqueda de la belleza y de su mejor tango terminarán por volverlo loco, otras veces está convencido de que ya atravesó esa delgada línea.

Entrecierra sus ojos y observa el papel de cerca. Vuelve a tachar todo y escribe en él una verdad, que al alejarla de sus ojos se convierte en una mentira. Esboza una sutil sonrisa y vuelve a fumar.

 

 

 

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