Me gusta cuando una roca se desprende de un acantilado y cae al mar. Me gusta por decir algo. Me atrae lo injuzgable y pequeño, lo que no puede generar una opinión, y mucho menos el rechazo de los cobardes. Todos podemos actuar como personas fuertes en esos momentos. La fortaleza está justamente en observar la roca caer al mar, y a partir de su caída, buscar la creación personal de algo aún más maravilloso que esta roca pero sin comparaciones. Si todos pudiésemos dejar de juzgarnos unos a otros, de hacerlo con acciones, opiniones, y simplemente fuésemos todos fuertes. Tomando lo que nos gusta y simplemente dejando ir lo que no. Utilizar la belleza obtenida para crear algo hermoso, al menos para nosotros, y que los demás puedan tomarlo si les gusta, o ignorarlo dulcemente en caso contrario. La roca cae suave y se vuelve impune por su honestidad, por su imposibilitado razonamiento que despierta suspicacias. Si no hubiese mentiras ni canalladas, quien hiciese algo horrible, lo haría por lo menos honestamente, y en aquel caso sería también impune al juicio ajeno, lo haría tan sinceramente que sería hermoso. Todos haríamos algo bello, sin miedo ni juicio. Todos seríamos una roca que se desprende suavemente y voltea su cuerpo, mira hacia arriba, al costado, que abre sus brazos para percibir mejor el viento por todo el cuerpo, expresando lo que se nos dé la gana. Habría otras rocas cayendo también, haciendo exactamente lo mismo. Nos miraríamos  con una sonrisa suave, sosegada, de respeto a cada uno en su caída, sin miedos ni juicios. Imitaríamos la belleza de las otras rocas cayendo, que hacen firuletes bonitos, y no nos importarían las que hacen otros movimientos más grotescos. Seguramente lo harían con ojos cerrados y sonrisa de placer, de caer toscamente a su antojo. Quisiera un mundo así, de caídas suaves y honestas, de volar hacia abajo, de aprovechar ese instante tan pequeño de vida, del desprenderse de una eternidad en la tierra, para recibir otra eternidad bajo el misterio del océano, atravesar la línea precisa del aire con la del agua, como rocas que caen de un barranco al mar, y permanecerán allí para siempre.

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