Entré al subte haciendo algo de fuerza en la estación de Congreso de Tucumán, línea verde. Hacía un calor terrible y no había aire acondicionado. Me esperaban cerca de cuarenta minutos hasta el centro. Entré imaginando la porción de pizza de Las Cuartetas que me iba a comer en la mesita chiquita de mármol. Por favor, no hay otra más rica en el mundo, de verdad que no la hay. De todos modos, el presente inmediato se mostraba menos alentador, y tristemente no podía encontrar aún rastros de mozzarella. Completamente sofocado, un señor de traje me miraba con un gesto de desagrado. No quise ser menos y se lo devolví emitiendo en secreto mi crítica social a los personajes de su especie. Él me paró en la vereda de enfrente, y yo claro, orgulloso. Maletín, traje, camisa sudada, subte, estrés, y para dónde, ¿para dónde, eh?, seguramente para un agujero bajo tierra, ¡gil! Cara de todo eso le puse. Al otro lado una mujer algo enojada, tenía los pelos atascados en otro muchacho joven que estaba de espaldas con unos auriculares de dimensiones sensiblemente preocupantes. Todo era angustiante. Ese pegote del que uno no puede escapar y tantas cosas. ¿Podré ir de otra manera?, ¿tendré que ir?, ¿y si me voy a la mierda? Pero una buena, sin olor. Listo me voy a vivir a una playa a beber de un coco algún tipo de jugo fresco y saludable, para poder sacarme selfies envidiables toda la vida. Pará, tranquilo, si sólo hubiera aire acondicionado no sería grave. Algunas líneas ya tienen, por ahí de acá a un par de años lo tienen todos los subtes, incluso la línea D. Sumido en un hipnotismo triste, miraba por la ventana y evaluaba mi capacidad visual descubriendo si podía leer los títulos de los libros que vendían en el puestito subterráneo: Las mil y una noches, ay mi madre, qué conmovedor. Si hace no tanto fue que Solimán el magnífico llegaba a las puertas de Viena de la mano de Alah, señor todopoderoso, creador y escudo del universo. La montaña mágica, a su lado, seguramente con las enseñanzas crudas para toda una vida de Settembrini, y su duelo a muerte con Naphta, que me encogió el corazón. Un poco más a la derecha Las armas secretas de Julio Cortázar, todavía recuerdo como un fuego el estar leyendo “el perseguidor” y tener que detenerme para reflexionar y digerir la sensación de estar frente a una obra maestra pura de la especie humana. Pasemos a otra parte sin tantos clásicos: Cómo vivir mejor, Aprender a perdonar. Me puse a pensar qué título le pondría a mi libro de autoayuda. Barajé algunos del tipo: “La única salida es morirse ahora mismo y creer en Dios” o “Cómo agarrarse los ojos con las manos y meterse las lágrimas para adentro hasta que nos implote el estómago o nos tiremos un pedo que nos desgarre el esfínter anal y así aliviar nuestras penas por siempre”. Este último me gustó mucho. Sería un éxito. De pronto entre sudor y trajes, entre silencios húmedos y estrés, unos ojos. Una joven, muy hermosa, por cierto, caminando cerca del puestito de diarios encuentra con su mirada, la mía. Me quedo mirando. Qué linda… la mirada se vuelve de pronto algo incómoda, pero yo no abandono, claro, vamos a plantarnos acá mirando muy fijamente hasta que sea lo que tenga que ser. Continuamos, y la muchacha no se dispersa, la sigue. Ante semejante embestida de belleza mezclada con osadía, se me escapa sin querer una sonrisa justo, tan justo que se me escapa cuando ella desaparece de mi campo visual y atraviesa caminando un sector del andén obstruido para mí por el lateral ciego del vagón entre las ventanas. Ay que pena. Una gran pena. Sigo con mi proyección visual láser el recorrido imaginario de la chica tan linda calculando minuciosamente su movimiento temporal-espacial basándome en observaciones empíricas de su velocidad y aceleración, aunque cuando la vea de nuevo, estará prácticamente de espaldas. Podría decir que fue un triunfo, una mirada que permaneció fijada aún en momentos de incomodidad. Ya casi que aparece de nuevo, ya casi que casi, y ahí está. Caminando hacia el-más-para-allá, con su cuello girado, volteada, mirándome a los ojos, y para colmo, con una sonrisa. La que me quedó debiendo de la ventana anterior, y que me devuelve ahora con creces, intereses exorbitantes de lebacs controlando la inflación y un escozor feliz, casi de amor y de pena. Ay me caso. ¿Me casaría de verdad o no? Yo creo que sí, me quedé cavilando entre sonrisas alegres desde Congreso de Tucumán hasta 9 de Julio.

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