Era el café, mi amor. Un poco de café a la mañana. A eso de las nueve primero, después otro a las diez, uno bien negro, mucho café. Era solo eso. Tantas noches en silencio con cara de incomodidad, presentándome algunos amigos con cara de odio, de qué tipo de odio si sólo necesitaba una sonrisa con dientes grandes que guarden rastros del café y el tabaco, claro. De tomar una taza, un litro, un sinfín de cafecitos bien chiquitos, en lo posible napolitanos, uno tras otro para mantenerme con la sonrisa intacta, y cigarrillo, y tabaco uno tras otro, y un porro, y así nunca parar, y si paro, cerveza, y si no hay cerveza otro cafecito, un cigarrillo, una cerveza, unos amigos, unas palabras, que me griten en la cara y que con su energía voraz abarquen la mía, llenen mi alma y mis tripas con voces y búsqueda de complicidad. Todo lo mío que salga para afuera desde mi boca en forma de palabras y todo lo que viene para adentro, que sea en forma de algún líquido inestable, o fuerte, o de humo, nada más, era eso, sólo eso.

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