Si esta baldosa blanca fuese una especie de piedra que flota en un volcán furioso, repleto de magma impaciente. Podría saltar de una baldosa blanca a otra, evitando las rojas, el magma y su potencia de muerte súbita. Podría seguir saltando de una a otra con mis pies pequeños por la calle Larrañaga llegando a Bragado, de una a otra, hasta que cambie de vereda y estas pequeñas baldositas tan lindas que siempre me gustaron, tan tradicionales con relieve hecho de líneas, como un techo de chapa ondulada, de casas que son más o menos (masomenos), dejen de existir y pase finalmente a la vereda de la casa de al lado, que las renovó y todo le quedó muy bien, muy prolijo, ahora con baldosas grises de las grandes, parejas, iguales, lo mismo, sin magma ni volcanes enfurecidos, ni piedras blancas flotantes que me salvarán la vida. Aunque tal vez, tal vez, si lo pienso un poco mejor, lo gris podría ser el espacio, un poco menos oscuro de lo que debería, y las líneas que unen las baldosas una red gigante que yo debo pisar y pisar, y moverme por ahí, para no caer como un acróbata, en un espacio infinito donde se puede ver la tierra allá medianamente lejos, y así tener a mi disposición nuevamente las dos opciones insuperables, la de naufragar por siempre, o la de indefectiblemente morir.

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