Ponga huevo, mucho huevo, se oía desde las tribunas criollas, que esta tarde (sí, esta tarde) tenemos que ganar. Acompañaban el cántico algunos aromas, que a modo de agasajo nos conceden los atardeceres futboleros. Se distinguen entre ellos el del choripan y el del sudor, o también uno muy particular, como una especie de cóctel que hermana aquellas fragancias, proveniente de quienes ya han comido el choripan y que lentamente empiezan a expulsarlo del cuerpo agradeciendo a su organismo, destilando así aquel perfume de domingo que recorre las pieles curtidas por el sol, y en algunos casos, por la injusticia.

Después de una primera parte muy aburrida, los futbolistas se van al descanso. Cerca de quince minutos son concedidos para que el público además de brindar su aliento incondicional, pueda descansar un poco, comer algo, conversar, compartir pareceres sobre el juego exhibido por sus representantes. Algunos van al baño, otros hacen sus necesidades en las escaleras, no falta quien prende un cigarro de tabaco, ni quien fuma otra cosa.

Más tarde el juego se reanuda, los futbolistas se presentan en el verde césped y realizan vigorosos movimientos precompetitivos. En la tribuna, la gente se pone nuevamente de pie con algo de pereza, haciendo la digestión comienza lenta y tímidamente a entonar las odas que envalentonarán a los suyos en el segundo tiempo. La canción parece ser la misma pero no lo es, entre sudor y choripan, los hinchas despilfarran sensiblería artística y anuncian con oculta ternura que algo ha cambiado. Mientras descansaban y conversaban, el fútbol no lo era todo. Podían mirarse a los ojos, sonreír, y acaso también contemplar los pequeños detalles que nos regala la naturaleza, y el mismísimo cielo.

Se escuchó a la multitud corear, ponga huevo, mucho huevo, que esta noche (sí, esta noche) tenemos que ganar.

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