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tundrario

mes

abril 2018

Era el café, mi amor. Un poco de café a la mañana. A eso de las nueve primero, después otro a las diez, uno bien negro, mucho café. Era solo eso. Tantas noches en silencio con cara de incomodidad, presentándome algunos amigos con cara de odio, de qué tipo de odio si sólo necesitaba una sonrisa con dientes grandes que guarden rastros del café y el tabaco, claro. De tomar una taza, un litro, un sinfín de cafecitos bien chiquitos, en lo posible napolitanos, uno tras otro para mantenerme con la sonrisa intacta, y cigarrillo, y tabaco uno tras otro, y un porro, y así nunca parar, y si paro, cerveza, y si no hay cerveza otro cafecito, un cigarrillo, una cerveza, unos amigos, unas palabras, que me griten en la cara y que con su energía voraz abarquen la mía, llenen mi alma y mis tripas con voces y búsqueda de complicidad. Todo lo mío que salga para afuera desde mi boca en forma de palabras y todo lo que viene para adentro, que sea en forma de algún líquido inestable, o fuerte, o de humo, nada más, era eso, sólo eso.

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Claro, creía que todo podía estar detrás de una ventana. Una hecha de pequeñas partículas diminutas con imágenes traslúcidas, que lo abarquen todo y me reflejen también, el equilibrio exacto de opacidad-reflejo. De este lado yo, siempre de este lado escudriñando el otro, viendo en parte mis ojos, en parte el espacio, encontrando algunos recuerdos de vidrio en un horizonte real, en unos balcones con gente colgando ropa, preparando una cena feliz, una televisión con una película alegre. Yo de este lado, paciente, expectante, dispuesto a bailar, a ser mi infinito cadáver como una marioneta de conceptos generales que lo muevan y no me permitan presenciarlo en su punto cúlmine, y no esté allí nunca porque estaré frente a una ventana de vidrio, quizá derritiéndose, fundiéndose con una verdad que determina vidas enteras pero que no existe, que nunca existirá y me la diré a mi mismo en silencio, sin pronunciarla, respondiendo una y otra prueba, dando exámenes a señores con varas listas para castigar, que dicen lo que está bien y lo que está mal. Yo les diré que se mueran o que se arranquen los ojos, que por mí no se preocupen, que los odio como no se puede odiar otra cosa, y que por favor no me tengan piedad ni me deseen nunca el bien, sólo los olvidaré súbitamente emitiendo un suspiro que lleve encriptada la verdad silenciosa que probablemente no existe, el horizonte real, y mi cadáver descomponiéndose durante miles de años, hasta que mis huesos sean definitivamente parte de la tierra, y mi tiempo de vida el porvenir.

A veces un recuerdo, tu sonrisa atrapada. Paseando con deliberada vergüenza a mi alrededor, soltando y dejándote ser. Primero cubriéndote con mi ropa en tu ir, tomando con tus dedos la puntita de la remera, dedos índices y pulgares en complicidad traccionando la tela como una bailarina sofisticada, exigiéndola para que justo, tan justo que daba bronca, te cubra todo lo necesario. El mayor, anular y meñique, extendidos desarrollando pequeñas alas para cumplir tu sueño infinito y doloroso de volar. Esperaba fumando tu regreso, el cielo amigable y cálido de Villa Urquiza, esas noches de verano, gracias le decía, siempre pensé que esto no me iba a pasar a mí. La puerta, su sonido y mis ansias, verte otra vez, de reojo agradeciendo tu llegada, maravillosa con cigarro propio y algunos besos, el paraíso era mi propia casa. Pero esa noche, sólo por esa noche, sin mi ropa, sin la tuya, ruborizada, alegre, la música fuerte y andá a saber porqué sin nada, paseando, bailando, desnuda, repartiendo abrazos, besos, sonrisas y un símbolo tácito de tu cuerpo en mi cuerpo, de tu alegría en la mía, que se hace recuerdo y se vuelve tristeza, o nostalgia, o dolor feliz, se vuelve un deseo de mirar al cielo y agradecerle de nuevo, pero ahora sólo pidiendo, eso que me supo dar con medialunas y café con leche de mediodía, empanadas desordenadas sin hora que llegaban cuando la panza nos recordaba que es necesario comer con ruidos de protesta, domingos sin salir de la cama con mucho mate y sin reloj ni conciencia del tiempo, que se perdía y parecía siempre poco hasta que oscurecía, ya es de noche, un rato más, un poco más, nuestras bocas como imanes complementarios irresistibles, hay que parar, no puede ser, y un lunes que empezaba con menos horas de sueño de las que recomiendan los médicos, y un cansancio a carcajadas, distorsionado pero felices, demasiado felices, tanto que siempre pensé que todo eso no me iba a pasar a mí.

Si esta baldosa blanca fuese una especie de piedra que flota en un volcán furioso, repleto de magma impaciente. Podría saltar de una baldosa blanca a otra, evitando las rojas, el magma y su potencia de muerte súbita. Podría seguir saltando de una a otra con mis pies pequeños por la calle Larrañaga llegando a Bragado, de una a otra, hasta que cambie de vereda y estas pequeñas baldositas tan lindas que siempre me gustaron, tan tradicionales con relieve hecho de líneas, como un techo de chapa ondulada, de casas que son más o menos (masomenos), dejen de existir y pase finalmente a la vereda de la casa de al lado, que las renovó y todo le quedó muy bien, muy prolijo, ahora con baldosas grises de las grandes, parejas, iguales, lo mismo, sin magma ni volcanes enfurecidos, ni piedras blancas flotantes que me salvarán la vida. Aunque tal vez, tal vez, si lo pienso un poco mejor, lo gris podría ser el espacio, un poco menos oscuro de lo que debería, y las líneas que unen las baldosas una red gigante que yo debo pisar y pisar, y moverme por ahí, para no caer como un acróbata, en un espacio infinito donde se puede ver la tierra allá medianamente lejos, y así tener a mi disposición nuevamente las dos opciones insuperables, la de naufragar por siempre, o la de indefectiblemente morir.

Ponga huevo, mucho huevo, se oía desde las tribunas criollas, que esta tarde (sí, esta tarde) tenemos que ganar. Acompañaban el cántico algunos aromas, que a modo de agasajo nos conceden los atardeceres futboleros. Se distinguen entre ellos el del choripan y el del sudor, o también uno muy particular, como una especie de cóctel que hermana aquellas fragancias, proveniente de quienes ya han comido el choripan y que lentamente empiezan a expulsarlo del cuerpo agradeciendo a su organismo, destilando así aquel perfume de domingo que recorre las pieles curtidas por el sol, y en algunos casos, por la injusticia.

Después de una primera parte muy aburrida, los futbolistas se van al descanso. Cerca de quince minutos son concedidos para que el público además de brindar su aliento incondicional, pueda descansar un poco, comer algo, conversar, compartir pareceres sobre el juego exhibido por sus representantes. Algunos van al baño, otros hacen sus necesidades en las escaleras, no falta quien prende un cigarro de tabaco, ni quien fuma otra cosa.

Más tarde el juego se reanuda, los futbolistas se presentan en el verde césped y realizan vigorosos movimientos precompetitivos. En la tribuna, la gente se pone nuevamente de pie con algo de pereza, haciendo la digestión comienza lenta y tímidamente a entonar las odas que envalentonarán a los suyos en el segundo tiempo. La canción parece ser la misma pero no lo es, entre sudor y choripan, los hinchas despilfarran sensiblería artística y anuncian con oculta ternura que algo ha cambiado. Mientras descansaban y conversaban, el fútbol no lo era todo. Podían mirarse a los ojos, sonreír, y acaso también contemplar los pequeños detalles que nos regala la naturaleza, y el mismísimo cielo.

Se escuchó a la multitud corear, ponga huevo, mucho huevo, que esta noche (sí, esta noche) tenemos que ganar.

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