Vino aquel día, estábamos bebiendo algo y me dijo: mirá lo que me salió acá. Tomó el labio inferior de su boca con sus dedos pulgares e índices y lo giró para exhibirme su interior. Pude observar una llaga muy grande y desagradable, se veía dolorosa. Emití sin intención un “sss” pero no hacia afuera, sino hacia adentro. Trasladé el aire desde el exterior al interior de mi boca colocando los dientes y mi lengua de tal modo que pude emitir ese sonido, el cual se puede interpretar informalmente como sensación de dolor imaginario, el que se proyectaba en mí justamente al ver su llaga. Tomó mi mano derecha con una sonrisa. Con su mano sobrante contrajo varios de mis dedos dejando sólo el índice extendido. Lo sujetó completo como si fuera una banana (por decir algo y no volverme fálico ni desagradable (tampoco había necesidad de volverme fálico, será que soy sencillamente desagradable)). A continuación volteó nuevamente su labio o más bien lo acomodó. Yo sentía un poco de temor, quise retirarme, pero ella sonriendo me tranquilizó. Colocó mi dedo enteramente sobre su llaga e hizo un poco de presión con él, y otro poco con su pulgar, comprimiendo justamente la llaga desde el exterior hacia la yema mi dedo. Lo frotó y lo frotó con movimientos circulares, me pareció algo muy doloroso e insoportable. Me soltó finalmente y sonrió. Gracias, me dijo. Yo seguía impresionado. Ehh… de nada, no sé, dije dubitativo. ¿Querés un cafecito y nos ponemos a trabajar, mejor?

Anuncios