Con una cuchara las viejas rascan los laterales de las ollas. Así remueven de forma definitiva los desperdicios y el arroz quemado. Con esa misma cuchara sus miserias se convierten en basura.

Pasan después una lana de acero y la olla queda como nueva. Se quita la mugre para siempre y va a parar al cesto. La olla por su parte se ve reluciente y brilla pero recuerda, y con su superficie rascada añora silenciosamente los desperdicios y el arroz quemado.

Las viejas se sienten como nuevas y olvidan que mientras rascaban las ollas el tiempo siguió su camino inexorable hacia el delirio infinito y las palabras eternas, y así lo seguirá haciendo hasta formar parte del hierro que hace las ollas y las lanas de acero, y ser así rascadas por otras viejas.

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