Rojo, amarillo, verde.

Rojo, amarillo, verde.

Rojo, amarillo, verde.

La calle vacía, la noche cerrada, negra, de semana, la tormenta descomunal. La gente tiene sexo, mira televisión, bebe alcohol, pero por sobre todo duerme, como debe ser en los barrios humildes y trabajadores. Y el semáforo de Tapalqué, esquina Bruix, paciente y solitario.

Rojo, amarillo, verde.

Rojo, amarillo, verde.

Me gustaría estar en otra esquina, Callao y Corrientes, o 9 de Julio. Directores de orquesta de verdad, reflexiona el semáforo. O por qué no en la quinta avenida de Nueva York, o Broadway, o en Les Champs-Élysées, no me preocupa el francés.

Rojo, amarillo, verde.

Rojo, amarillo, verde.

Rojo, amarillo, verde.

Los autos no aparecen ni aparecerán, y la lluvia no cesa. Continúa inmerso en sus cavilaciones el semáforo de Tapalqué, esquina Bruix.

Rojo, amarillo, verde.

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