Yo paralizado, impertérrito, algo reflexivo y triste. Ella dio un paso suave y se acercó a mí, demasiado tal vez. Abrió su boca con un gesto parcialmente salvaje, extendió su lengua como sólo se hace frente a un doctor. Cargada de saliva, la posó suavemente en la zona de mi mentón. Con un movimiento en diagonal, recorrió mis labios inmóviles dejándolos completamente humedecidos, continuó por mi bozo, el lateral de mi nariz y mi mejilla. Tendí naturalmente a cerrar los ojos, y continuó. Le quedaba aún algo de saliva para embeber mis párpados hasta mis cejas. Sentí a partir de una breve brisa el frío en la superficie húmeda de mi rostro. Se tomó sólo un momento alejándose de mí, cerró su boca, tal vez preparando nuevamente su lengua. Se acercó y repitió la operación. Desde mi mentón lentamente llenándome de su saliva, mis labios inmóviles, mi bozo, el otro lateral de mi nariz junto a mi mejilla, que ya percibían cierta sequedad y calidez, como la de un gato, que buscaba llegar a mi ojo con aspereza, removiendo imperfecciones y finalizar en mi ceja.

  • ¿Así? – Uno de los dos preguntó.
  • Así. – Uno de los dos respondió.
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