El sol ha partido. Las calles oscuras, vacías. La multitud aturdida, en sus hogares. De pronto los jazmines y los fresnos, algunos malvones con olor a hierro, y los gatos de la cuadra se reúnen con preocupación. Es que hace ya largos meses no oyen el excelso ritmo de la caminata más noble de la ciudad. Sus pasos saltarines, alegres, su saludo cálido y sincero. Los seres vivos silenciosos citan con nostalgia, claro está, a Attilio Olivetti, el más extraordinario escritor de tangos de Buenos Aires.

Los perros callejeros comentan que ha partido, se ha ido a tierras lejanas, dicen. Pero dónde encontrará su mejor tango si no es en Buenos Aires, responden con cierto nerviosismo las calandrias desde sus altos nidos. Algunas palomas bajan a la vereda y piden paciencia. Debemos esperar, tendrá sus razones y de seguro que volverá. Unos aloe vera contraen su savia y desde las medianeras les resulta ineludible expresar su tristeza, reclamando no haber recibido por lo menos un saludo. Un altísimo y viejo tilo intenta contagiar sosiego a los ficus, que exhibían cierto recelo por su partida. Unas albahacas buscan hacerse escuchar y apoyados por un bellísimo jacarandá, orgullo porteño, piden también un poco de calma.

De pronto un sonido. Parece ser pero no es, algunos lo creen y otros lo niegan. Son pasos que se acercan a la vuelta de la esquina. Llevan un ritmo único, un andar suave e inconfundible. Aparece como si fuera magia una estela de humo que huele a un tabaco dulce. Atraviesa la cuadra lentamente y con suavidad acaricia a las tipas, los paraísos, también a unos ratoncitos que no se dejaban persuadir.

Un mensaje, una caricia y un recuerdo. Un no te olvido, un volveré, se escucha por debajo de los pasos imaginarios, y se percibe a través de un humo misterioso. Es que el mejor tango duele, y a veces quema, y quizá Buenos Aires se ve mejor desde afuera, completa, maravillosa, y será posible tal vez regresar con un pequeño papelito, y en él, escrito un poco aquí y un poco allá, el mejor de todos sus tangos.

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