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tundrario

mes

febrero 2018

Mi primer pregunta es

si todo depende de la siguiente.

La respuesta es un lujo que

la regla del arte escondió.

 

Aquella noche algo decía

mientras burlaba una sonrisa.

Me advirtió que era un secreto,

pero yo ya lo sabía.

 

Más difícil discernir las culpas,

más sencillo protegerlas.

Se incorpora mi cuerpo abrazado

a una extraña expresión marchita,

que solía dar órdenes a oscuras.

Y me despertó.

 

¿Quién dice más que las palabras?

Quizá mi tiempo de mal carácter

pueda mirarlas con la frente baja.

Y al fin les permita decirme

todo lo que creía,

y lo que ya no.

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¿Qué hago?, ¿escucho algo de música o escucho algo de radio?, ¿miro una película o un programa de televisión? Digamos, vayamos al grano para no mentirnos (y hagamos que reviente brutalmente, si es posible alcanzar algún espejo con nuestra eyección de pus, mejor). ¿Me sumerjo en el futuro ansioso y la nefanda avidez de novedades, o puedo estar tan detenido en el presente en este momento, que podría volcarme definitivamente a una obra anacrónica sin ningún tipo de conexión real e inmediata con el resto de las personas?, ¿y una serie? Ah, es interesante el punto. Son cortitas y se ponen de moda. Uno tiene la sensación mientras las mira, de que lo hace abrazado a sus amigos y que está ligado definitivamente al resto. Tal vez podría hasta enviar un mensaje de whatsapp. Me sentiría tan bien. ¿Será ese el  punto?, ¿evitar el vacío de la soledad y del consumo aislado en el ostracismo? Tal vez. Mejor algunas noticias de fútbol, seguramente unos cuantos estaremos leyendo lo mismo, suena bien. ¿Será acaso que yo dedico mi pensamiento a frivolidades?, ¿mejor un libro, no?, ¿uno que tenga por lo menos cien años, no? Sí, mejor, definitivamente.

Se asomó entre las nubes del dulce cielo, jocoso como no se lo ha advertido vez anterior, el padre de los dioses y los hombres. Abandonando su inconfundible acritud, se percibió en su divino rostro un genuino esbozo del más íntegro júbilo. Sus admirabilísimas cuerdas vocales gozaron aquella mañana de augusta colocación, con el fin de preparar acaso la más virtuosa y laudable voz jamás oída. Tronó el dios emitiendo un mensaje para la humanidad toda. Resolvió con serenidad cuánto tiempo deseaba que su irreprensible recado permanezca latente en el azul planeta. Tal facultad todopoderosa lo regodeó y logró distinguirse en él una lozana excitación a través de una espontánea expresión de total algarabía. Rió con una rotunda carcajada que desconoce la caricia de la negra muerte e hizo temblar en forma simultánea a cada uno de los fastuosos continentes creados por el más excelso de los soberanos, quien se jacta de llevar consigo la égida. Saludó el Hombre Inteligible, cuya prudencia iguala a la del terriblísimo Zeus Crónida, con una respetuosa reverencia a su alumno mortal. El discípulo se encontraba abocado en sus estudios, y sorprendido preguntó con el más modesto de los respetos concebidos en la tierra de qué se trataba tal gratísima e intempestiva aparición.

De nada se trataba, resulta que también los inmortales se asoman entre las nubes del dulce cielo, saludan y ríen sin propósito alguno. Se esfumó instantes después el dios que se complace en amontonar las nubes, con su aire festivo, y regresó al Olimpo.

 

 

Me levanté y después del café me dirigí hacia el garaje, que era algo así como un taller mecánico. Me puse las botas y una capa para protegerme de la lluvia. Salí esquivando algunas gallinas. Les hice un pequeño gesto como si fuesen gatos o perritos, lo cierto es que nunca me relacioné con gallinas y quería saber si podía tocarlas. Muy porteño pensarán algunos, sí, efectivamente y con honra, muy porteño. Las veía muy relajadas, sin moverse cuando yo me acercaba. Eso me dio cierta esperanza, tal vez podría crear una especie de vínculo, transmitirles cariño de alguna manera, que se sientan cómodas a mi lado. Eso es lo que más me gusta de relacionarme con los animales. No se pudo, en cuanto me acerqué demasiado, escaparon. De todos modos seguí adelante hasta la casa rodante, que en realidad era un camión de bomberos. Golpeé la puerta y Helen abrió una pequeña ventana. Hello, good morning, le dije. Ella siempre con una sonrisa a medias se asomaba desde aquella pequeña ventana que se ubicaba al ras de su cama. Por lo general yo podía percibir que ella estaba desnuda, y más de una vez lograba observar por detrás que Clara la masajeaba. Buena forma de empezar la mañana. Así ella me daba órdenes, enlistaba algunas tareas que podría hacer ese día para colaborar con la granja, y yo afuera mojándome oía atentamente. Luego volvía a la casa para sacarme las botas, ponerme las zapatillas, insultar al cielo porque mis medias ya estaban completamente mojadas. Ese día por suerte, únicamente ese día me dijo que estaba libre y podía hacer lo que quisiera. Me preparé un té entonces y me dediqué a leer algo, más tarde a escribir. No sabía bien sobre qué, tal vez alguna anécdota o sensación cercana, de ese mismo día podría ser, de esa misma mañana estaría bien.

¿Y entonces todo gira alrededor de lo mismo?, ¿de comparar y poner una cosa al lado de la otra?, ¿incluso la totalidad de las vidas?, ¿cómo se pueden comparar vidas?, ¿logros?, ¿de qué logros me hablás?, si tan solo por un momento pudieras abandonar toda esa construcción lógica para abarcarlos a todos, incluso a mí, ¿así van a ser las cosas? Generar un escenario posible donde toda vida sea menor que la tuya, a partir de un conjunto de situaciones comparables por un tipo de criterio debatible, motorizado por alguna energía rencorosa que te lleva a hacer siempre lo mismo, y así dormir en paz, en una paz dolorosa, sabiendo que no hay acaso una posibilidad, y que todas las vidas deben ser comparadas y juzgadas por una vara que te pertenece, por suerte, y por la cual estás vivo, mirando hacia el frente, hacia arriba y hacia los costados, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no girar un poco el cuello y mirarte finalmente a vos mismo, porque tal vez ese día te encontrará llorando, o rezando, con amargura y dolor de poca comprensión, donde hallarás tu propia alma parcialmente ida, agonizando en un suelo confuso y suplicándote piedad, te dirá, tal vez que se equivocó o te juzgará finalmente por no verla nunca, por dejarla permanecer en esas condiciones deplorables mientras te ocupabas por sujetar tu vara y asegurarte de que esté colocada en su lugar, indestructible, vaga, y penosamente inmortal.

Cuando al conjunto “cielo(horizonte)mar” (entendiendo “horizonte” como divisor de términos) le sustraemos justamente “horizonte”, el cielo y el mar carecen técnicamente de estructura o límite y terminan por confundirse en una sola cosa. Esto sucede a través de las espesas nieblas, que cargan agua en estado gaseoso, donde el agua del mar se eleva, y forma parte del cielo, y donde el cielo en el aire contiene agua, y forma parte del mar. Llamaré a esta bonita unificación “cielomar”, aunque suene a alfajor costero.

Yo paralizado, impertérrito, algo reflexivo y triste. Ella dio un paso suave y se acercó a mí, demasiado tal vez. Abrió su boca con un gesto parcialmente salvaje, extendió su lengua como sólo se hace frente a un doctor. Cargada de saliva, la posó suavemente en la zona de mi mentón. Con un movimiento en diagonal, recorrió mis labios inmóviles dejándolos completamente humedecidos, continuó por mi bozo, el lateral de mi nariz y mi mejilla. Tendí naturalmente a cerrar los ojos, y continuó. Le quedaba aún algo de saliva para embeber mis párpados hasta mis cejas. Sentí a partir de una breve brisa el frío en la superficie húmeda de mi rostro. Se tomó sólo un momento alejándose de mí, cerró su boca, tal vez preparando nuevamente su lengua. Se acercó y repitió la operación. Desde mi mentón lentamente llenándome de su saliva, mis labios inmóviles, mi bozo, el otro lateral de mi nariz junto a mi mejilla, que ya percibían cierta sequedad y calidez, como la de un gato, que buscaba llegar a mi ojo con aspereza, removiendo imperfecciones y finalizar en mi ceja.

  • ¿Así? – Uno de los dos preguntó.
  • Así. – Uno de los dos respondió.

Sujeté la tierra en plena tormenta y se escurrió entre mis manos, fluyó sin textura, sin solidez ni garantías de nada. Estaba húmeda, olía a vida, a la vida en la tierra. Mojándome la esparcí por mi nariz, mi boca, mi bozo, mi rostro completo y mi cuerpo también. No quiero más que esta tierra y su olor, sus lombrices, su campo repleto de hierba y lluvia. Supliqué entonces a Dios, le dije que no quiero tanto, que no quiero ser tanto, que me deje al menos la tierra en las manos y me llene la boca, la garganta, que me ahogue pero sin dolor atrapado en un punto tangencial de la esencia en esta vida. Se apiadó de mí, me dijo que yo estaba destinado no sólo a no ser tanto, sino a no ser absolutamente nada, y a ahogarme definitivamente en la tierra mojada. Lloré de alivio y reí a carcajadas, me eché bajo un sol que se asomó con ternura. Se puso laboriosamente a secar la tierra y las lágrimas de quienes estamos destinados a no ser nada, y ahogarnos definitivamente en las tormentas del campo.

El sol ha partido. Las calles oscuras, vacías. La multitud aturdida, en sus hogares. De pronto los jazmines y los fresnos, algunos malvones con olor a hierro, y los gatos de la cuadra se reúnen con preocupación. Es que hace ya largos meses no oyen el excelso ritmo de la caminata más noble de la ciudad. Sus pasos saltarines, alegres, su saludo cálido y sincero. Los seres vivos silenciosos citan con nostalgia, claro está, a Attilio Olivetti, el más extraordinario escritor de tangos de Buenos Aires.

Los perros callejeros comentan que ha partido, se ha ido a tierras lejanas, dicen. Pero dónde encontrará su mejor tango si no es en Buenos Aires, responden con cierto nerviosismo las calandrias desde sus altos nidos. Algunas palomas bajan a la vereda y piden paciencia. Debemos esperar, tendrá sus razones y de seguro que volverá. Unos aloe vera contraen su savia y desde las medianeras les resulta ineludible expresar su tristeza, reclamando no haber recibido por lo menos un saludo. Un altísimo y viejo tilo intenta contagiar sosiego a los ficus, que exhibían cierto recelo por su partida. Unas albahacas buscan hacerse escuchar y apoyados por un bellísimo jacarandá, orgullo porteño, piden también un poco de calma.

De pronto un sonido. Parece ser pero no es, algunos lo creen y otros lo niegan. Son pasos que se acercan a la vuelta de la esquina. Llevan un ritmo único, un andar suave e inconfundible. Aparece como si fuera magia una estela de humo que huele a un tabaco dulce. Atraviesa la cuadra lentamente y con suavidad acaricia a las tipas, los paraísos, también a unos ratoncitos que no se dejaban persuadir.

Un mensaje, una caricia y un recuerdo. Un no te olvido, un volveré, se escucha por debajo de los pasos imaginarios, y se percibe a través de un humo misterioso. Es que el mejor tango duele, y a veces quema, y quizá Buenos Aires se ve mejor desde afuera, completa, maravillosa, y será posible tal vez regresar con un pequeño papelito, y en él, escrito un poco aquí y un poco allá, el mejor de todos sus tangos.

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