Una mano, unos dedos, abren suavemente una cajita (cajota) de cigarrillos, detención de tiempo y espacio. Es que el universo es demasiado grande, es que el ir hacia afuera es infinito y agobiante. La cajita queda parcialmente abierta y los dedos volteando con un poco de fuerza buscan sacar finalmente un cigarrillo. Lo que sucede es que el tiempo también es inacabable, y lo que nos queda, lo poco que nos queda no es alcanzarlo todo sino ralentizar  el poco que tenemos, meternos para adentro y hacer infinito lo conocido, percibir lo máximo posible todo lo posible, meternos en el cigarrillo que contiene unas enormes hebras de tabaco, que junto con todo el cigarrillo como unidad se van acercando a una inmensa boca. El sector del filtro se posa haciendo contacto con los labios, proporcionando un sabor amargo y sensiblemente adictivo. Por dentro aquel tabaco con algo de nicotina, de alquitrán y basuras, vive el episodio con ansias hasta sentir que de un extremo finalmente algo se está quemando. Se oye, muy lento, muy muy lento se oye, como el tiempo hacia adentro, como una caricia excesivamente lenta que desespera, se oye ssshhhkkk, ssshhhkkk, el pulgar del gigante humano presiona la piedra para encender finalmente aquella llama. Sssshhhllluuukkk, sonido de fuego que se enciende  seco, gordo, como para meterse en aquel inmenso agujero que lo genera, símil a una erupción volcánica, a un magma agresivo buscando rozar aquel cilindro descomunal para finalmente quemar cada una de las hebras de forma dulce, lánguidamente, una por una, en conjunto, un aspirar suave ssssss, hacia adentro, sssssss, aaahhhhhhhHHH, hacia afuera, una expulsión de humareda inmensa, gigante, infinita.

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