Tal vez escribir se trata de eso, de decir lo máximo con lo mínimo. Describir las sensaciones más intensas de la forma más fría, como si se tratara acaso de un sexo elevado y uno mismo se elevase en el control físico-mental de atrapar la lascivia más dolorosa. Como si escribir fuera de alguna manera la posibilidad de expresar una pasión pero atrapada, a través de algo tan aburrido y estructurado como el lenguaje, donde en definitiva se vuelve más placentero cuando menos se dice, cuando se oculta y se libera a la imaginación, al rebusque forzado. Como si el decirlo, ser literal o frontal fuese un vulgar orgasmo. Como cuando uno goza además del sexo, de lo anterior, del juego, de una pasión tortuosa donde no hay impertinencias, sino deseo que se revuelve por dentro, que busca por donde salir y gritar, y no puede, y en definitiva ese no poder es el todo. Uno quiere explotar mientras en definitiva implota hasta sentirlo en el corazón, un dolor sanguíneo desde su mismísimo foco. Una sensación violenta que busca contenerse en un cuerpo hecho de palabras, que nunca se puede ir para ningún lado, ni gritar, ni salir, porque queda ahí, atrapada en una hoja, sólo puede transmitirse a través de un sensible goteo que debe cargar consigo la mayor pureza de aquella locura, con paciencia y concentración a quienes no buscan los hechos más concretos ni vulgaridades, sino que tienen la templanza de jugar, de implotar, de imaginar y desear lo que va a venir deleitándose al máximo de un presente tortuoso, del deseo contenido, de las caricias y besos de lengua que duelen, y que queman.

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