En el gritadero, se grita. En el gritadero se arrancan brutalmente las expresiones calladas. Allí por lo general hombres en masa recurren al sosiego de la multitud en el grito entonado y acompañado. Es que muchos de ellos no logran clarificar el concepto de la expresión y su necesidad natural de soltar, amar, de sentir. De tener la posibilidad de expresarse y emitir lo que se quiere y necesita, de la manera en que uno desea hacerlo. Allí saltan y se abrazan, maldicen y encuentran culpables, héroes. Allí gritan y gritan. Es que el peso de la injusticia resultó tan grande. Empiezan de a poco y se preguntan en qué otra cosa podrían creer, o identificarse, en qué hallar una verdad fundante de sus sentimientos. Si nadie les ha regalado nada. Si nadie les acercó herramientas con dulzura, si el cariño quizá no existe, si todo al final se transforma con crudeza en tiempo, y el tiempo en trabajo forzado, desagradable, dinero en manos heridas, pan, y arroz. Y lo único es esto, el templo, creer impetuosamente. Creer en el gritadero, reminiscencias de la infancia para venir y gritar a más no poder, y también cantar. Entonar todos juntos para sentir en simultáneo la misma nota, y esto es cantar (a los gritos). Sacame todo esto de adentro, esto que me angustia y me enoja, me retuerce furtivamente las tripas de bronca pero no sé qué es, y no puedo darle forma, enlazarlo en una idea concreta para luchar, para que se acabe y saber qué quiero, y para qué lo quiero, y para qué tiene que haber algo que quiera y que tenga sentido, demasiado, es demasiado. Mejor vayamos a reunirnos, una vez a la semana por lo menos. A gozar del jolgorio del delirio infinito y las palabras eternas, del beber, y sobre todo del gritar, que me hace tanta falta.

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