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tundrario

mes

enero 2018

Tal vez escribir se trata de eso, de decir lo máximo con lo mínimo. Describir las sensaciones más intensas de la forma más fría, como si se tratara acaso de un sexo elevado y uno mismo se elevase en el control físico-mental de atrapar la lascivia más dolorosa. Como si escribir fuera de alguna manera la posibilidad de expresar una pasión pero atrapada, a través de algo tan aburrido y estructurado como el lenguaje, donde en definitiva se vuelve más placentero cuando menos se dice, cuando se oculta y se libera a la imaginación, al rebusque forzado. Como si el decirlo, ser literal o frontal fuese un vulgar orgasmo. Como cuando uno goza además del sexo, de lo anterior, del juego, de una pasión tortuosa donde no hay impertinencias, sino deseo que se revuelve por dentro, que busca por donde salir y gritar, y no puede, y en definitiva ese no poder es el todo. Uno quiere explotar mientras en definitiva implota hasta sentirlo en el corazón, un dolor sanguíneo desde su mismísimo foco. Una sensación violenta que busca contenerse en un cuerpo hecho de palabras, que nunca se puede ir para ningún lado, ni gritar, ni salir, porque queda ahí, atrapada en una hoja, sólo puede transmitirse a través de un sensible goteo que debe cargar consigo la mayor pureza de aquella locura, con paciencia y concentración a quienes no buscan los hechos más concretos ni vulgaridades, sino que tienen la templanza de jugar, de implotar, de imaginar y desear lo que va a venir deleitándose al máximo de un presente tortuoso, del deseo contenido, de las caricias y besos de lengua que duelen, y que queman.

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La vi de lejos, estaba en la otra calle. Entonces respiré, reuní el aire necesario, me demoré unos instantes en preparar un grito profundo, tenaz, que suscite el temor, y finalmente lo ejecuté. ¡Lizette, vení Lizette!, ¿Qué estás haciendo allá, tan lejos? Vení conmigo, Lizette. Parpadeé también y no la pude ver en el lugar donde estaba en un principio, sino que me sorprendió un poco más cerca, tal vez se arrimó unos veinte o treinta metros. Volví a reunir el aire, el desprecio y ardor permanecían en mi interior, y dije con furia ¡Lizette! Que estás haciendo, vení para acá, necesito hablar ya mismo con vos. Sin llegar a percibirlo, parpadeé nuevamente y lo mismo sucedió, la pude apreciar más cerca, otros veinte metros, y miraba hacia arriba, a su alrededor, como distraída. Esta vez no fue necesario gritar tan fuerte, casi sin hinchar mi pecho le dije ¡Lizette!, quiero verte, quiero hablar con vos ya mismo, escuchame. Noté por un momento que me distinguía pero con una especie de aura perdida, de ver sin mirar, y volví a parpadear. Ahora estaba lo suficientemente cerca, a unos metros de mí, y le dije con una voz suave, Lizette, ¿cómo te acercaste de esa forma?, necesito de todos modos que hablemos un poco, quiero decirte lo que me pasa, y necesito hacerlo ya mismo. La descubrí observándome sutilmente, casi sin escucharme, como volando delante de mí y volví a parpadear. Algo inexplicable retumbó en mis oídos. Ahora la punta de su nariz rozaba la mía, podía sentir en mis labios su respiración húmeda, quise reunir el aire necesario para pronunciar su nombre una vez más, y decirle lo que tenía pensado hacer pero fue imposible. Solo el silencio perduró. Sus ojos grises atraparon los míos, y su voz callada ahogó la mía, y su aire calmo, agresivo, detuvo mi respiración, y lo mismo de siempre, Lizette.

El joven cansado busca fuerzas, se propone diversas disciplinas agotado por la propia necesidad de la supervivencia. La tentación de lo frívolo está al alcance pero no logra seducirlo por completo. Se cuestiona cómo subsistir sin expresiones genuinas, sin gritos del alma que se pierden en espacios oscuros.

Conoce su cuerpo y su equilibrio. Pronto se sentirá fuerte para volver a luchar contra sí mismo. Lo estimula obtener una victoria que significará también su propia derrota. A tientas avanza en un tiempo ajeno que no puede dominar. ¿No será demasiado? Se pregunta y no se responde. Se pregunta y reflexiona si conseguirá respuestas, se cuestiona sus propias cuestiones abriendo ramas cognitivas que se acercan al infinito.

¿Qué es el tiempo? Debes dominar a tu enemigo, se exige. Cómo combatirlo sin conocerlo, dilemas exquisitos de una mente siniestra. Retrocede unos pasos en ramas de pensamiento hasta alcanzar alguna que se caracterice por su firmeza. La encuentra a lo lejos con un golpe de vista hacia el horizonte. No es allí a donde quiere dirigirse. Avanza nuevamente hacia lo desconocido, aterrado pero con velocidad.

Pronto deberá saltar hacia el vacío. Su cuerpo no concibe otra solución o tal vez su techo de emociones es inalcanzable. Se siente agotado y fracasa constantemente en la búsqueda de un conocimiento superador. Se miente rozando verdades en un punto tangencial olvidado, se vuelve violento y sacude sus brazos. Su estructura se derrumba lentamente en alguna región inexplorada por el tiempo y espacio.

Espera una solución externa y milagrosa que su interior ha perdido junto con su energía debilitada. Se pregunta hacia donde deberá dirigirse para encontrarse a sí mismo. Estudia mapas en forma meticulosa y no halla su espíritu en ninguna parte, teme no encontrarlo jamás. Sabe que el miedo no existe pero lo siente, y lo siente cerca. Las noches son largas y los días vanos.

Su entorno agoniza y las ideas geniales lo aburren. Tal vez su cobardía sea tan infinita como sus preguntas, tal vez su árbol cognitivo no tiene raíces, tal vez está exhausto de enlistar reflexiones. Mañana será otro día, mañana deberá sobrevivir, se despertará sin desear lo que ocurrirá a continuación y tendrá miedo.

Será tiempo entonces de ser fuerte, de tolerar con entereza el abatimiento de lo esquivo y sofisticado. Pronunciará palabras que le resultan hermosas para refugiarse en la belleza, su único resguardo coherente en éste mar de causas y consecuencias, de decisiones sin sentido en un tiempo que continúa siendo más grande que su propio árbol cognitivo.

Debo reconocer que aquella noche había exagerado un poco con todo y me encontraba completamente ebrio. Entré al baño del lugar como pude, y tambaleándome hice lo posible por orinar. Apoyé parte de mi cuerpo en la pared, me sostuve con mi frente, y finalmente, con algo de dignidad pude hacer el esfuerzo correspondiente con mi mano, tomando una posición definitiva que no podría juzgarse del todo como penosa.

Mi mirada se perdió, me concentré o desconcentré plenamente examinando un recorte de cerámico roto, un bordecito digamos donde se encontraba el esmalte brilloso y blanco con su interior, la arcilla cocida color rojizo. Lo miré por unos largos segundos y pensaba si en caso de proponérmelo, podría ser capaz de escribir algo sobre ese bordecito. Decidí tocarlo, acerqué mi pulgar y busqué confirmar mi sospecha sobre su filo, se lo veía peligrosamente cortante, y era efectivamente así. Al contacto le agregué un poco de intensidad, presioné con fuerza el filo y deslicé vigorosamente el dedo por todo el recorte de cerámico. La yema de mi pulgar se abrió como se abren los cortes de carne en manos de carniceros expertos. Contemplé la sangre que aparecía y chorreaba con paciencia, indicándome que el bordecito era efectivamente filoso, y me brindaba además una verdad física, táctil.

Pensé que tal vez si lo quería, podría escribir algo sobre aquel cerámico, pero reflexioné inmediatamente qué sentido tendría. No tiene sentido, me dije. Debería ocuparme en cosas más importantes. ¿Cosas más importantes?, ¿Cómo qué?, me dijo inesperadamente el bordecito de cerámico. No estoy seguro si fue más sorpresivo que me hable o que yo no me sorprenda, pero le contesté respetuosamente. No te ofendas bordecito, pero hay cosas más importantes que vos me parece. ¿Cómo qué?, decime. Y, tal vez Dios por ejemplo, el universo, o la muerte también, son muy buenos temas y son muy importantes. ¿Más que yo?, ¿me estás cargando?, ¿Y qué tiene dios de bueno, o de importante? Tanto lío que hacés. Y, disculpame de nuevo, pero es importante. Hay gente que cree en él como verdad primera y dedica su vida para adorarlo y equilibrar sus sentidos, para sentirse en plenitud. Hay muchos dioses, y es posible que existan también, no lo voy a negar, sino resulta difícil entender muchas cosas.

Me das risa, me dijo el bordecito. ¿Y todo eso qué me importa? Qué verdad ni verdad. ¿Yo no soy de verdad? No viste tu dedo. Si querés acercate otra vez, con otro dedo o con el mismo, y te invito a sentir de nuevo el rozamiento, el corte, abrir tu pulgar o índice, de lo más terrenal que hiciste en tu vida, mirá un poco tu propia sangre, ¿hay algo más real que eso?

Me dolía bastante la cabeza, me pareció que tenía razón pero era demasiado para mí en ese momento. Le dije al bordecito que la conversación era muy interesante pero que debía irme. Así como estaba él, otros objetos que merecían la misma atención. Se ofendió un poco pero me dejó ir, prefirió que lo deje para observar cosas como un conjunto de hongos debajo de la bacha, un pedazo roto del espejo también, pero solamente de ese tipo, me dijo. Cosas que estén ahí cerca y que nadie jamás se haya tomado un momento para describirlas, ni para decir por ejemplo que son filosas y te pueden abrir la yema del dedo como si nada. Se quedó un poco más tranquilo y se alegró de que en definitiva haya escrito algo sobre él. Lo saludé con cariño. Era sin dudas un bordecito de cerámico muy simpático.

 

Vi en sus ojos su inocencia, su consideración ingenua, su falta de herramientas para explicarme sus razones. Yo las sabía pero siempre fui malo. Insistí, desaté una aglomeración de palabras que unidas parecían tener sentido, que formaban una ecuación matemática sólida, una defensa india de rey infalible. Castigué e insistí en la herida, en lo racional, en un método perverso y manoseado, manipulando conceptos, trastocando verdades y alterándolas para siempre, para que crea que es culpable, que tuvo la razón y la perdió, se le escurrió entre sus manos y ahora todo es confusión, es falta. Vi su tristeza, sentí lástima sincera. Quiso explicarme pero no le quedaban argumentos, se resignó. Sus ojos lagrimeaban, rogaban que comprenda, que por una vez desestime la lógica y no haga de todo esto una construcción imposible porque será justamente imposible para siempre. Ahondé una vez más. Calculé cinco jugadas por delante, y nada más se pudo decir, todo acabó como acaban las cosas efímeras, como acaban los libros que no tienen sentido, como acaba a veces el amor o el odio, o más bien las sensaciones similares e insuficientes que se acercan al amor, o al odio.

¡Flap!, un pincelazo por aquí. ¡Flap! Otro pincelazo por allá. Pero señor, debo reconocer que es interesante el método que usted utiliza para pintar pero yo lo estoy viendo desde aquí y no parece gran cosa. ¡Flaaaap! Un pincelazo ahora seco, con poco estilo, color negro cubriéndolo todo con una cruz grande. ¡Pero señor!, ¡acaba usted de arruinar todo lo que venía haciendo!, ¡flup!, ¡flop, flep! Ay dios mío, pero señor si usted utiliza allí el naranja, es una cosa de locos. La sensación al ver esta obra es de una tensión absoluta. No sé si es interesante o es definitivamente una basura. Tal vez busco representar lo ambivalente del pensamiento. ¿Pero tal vez, o realmente quiere representar eso? Porque en caso contrario no tendría mucho sentido, señor. Tal vez no estoy seguro de lo que quiero representar y busco con pincelazos violentos arrancarme algo, como un moco seco y duro pegado por acá al costadito. De todos modos, señor, no estoy muy seguro. Creo que sería mejor que cambie de técnica, lo he visto hacer antiguamente unos cuadros hiperrealistas que se ven interesantes. ¡Flooop! Ay mi madre pero a usted se le fue la olla, señor. No he visto nunca una obra con ese rojo tan absurdo y grotesco. Yo creo que está perdiendo su talento o al menos debería analizarse con un especialista. Ya ni siquiera sabe qué está haciendo. Puro jugueteo, yo considero que el público tarde o temprano se dará cuenta de que este trabajo mediocre a usted no le lleva ni mucho tiempo, ni esfuerzo, ni siquiera algo de concentración. ¡Flooop!, bueno está bien, haga lo que usted quiera, yo le avisé.

En el gritadero, se grita. En el gritadero se arrancan brutalmente las expresiones calladas. Allí por lo general hombres en masa recurren al sosiego de la multitud en el grito entonado y acompañado. Es que muchos de ellos no logran clarificar el concepto de la expresión y su necesidad natural de soltar, amar, de sentir. De tener la posibilidad de expresarse y emitir lo que se quiere y necesita, de la manera en que uno desea hacerlo. Allí saltan y se abrazan, maldicen y encuentran culpables, héroes. Allí gritan y gritan. Es que el peso de la injusticia resultó tan grande. Empiezan de a poco y se preguntan en qué otra cosa podrían creer, o identificarse, en qué hallar una verdad fundante de sus sentimientos. Si nadie les ha regalado nada. Si nadie les acercó herramientas con dulzura, si el cariño quizá no existe, si todo al final se transforma con crudeza en tiempo, y el tiempo en trabajo forzado, desagradable, dinero en manos heridas, pan, y arroz. Y lo único es esto, el templo, creer impetuosamente. Creer en el gritadero, reminiscencias de la infancia para venir y gritar a más no poder, y también cantar. Entonar todos juntos para sentir en simultáneo la misma nota, y esto es cantar (a los gritos). Sacame todo esto de adentro, esto que me angustia y me enoja, me retuerce furtivamente las tripas de bronca pero no sé qué es, y no puedo darle forma, enlazarlo en una idea concreta para luchar, para que se acabe y saber qué quiero, y para qué lo quiero, y para qué tiene que haber algo que quiera y que tenga sentido, demasiado, es demasiado. Mejor vayamos a reunirnos, una vez a la semana por lo menos. A gozar del jolgorio del delirio infinito y las palabras eternas, del beber, y sobre todo del gritar, que me hace tanta falta.

Estaba sentado muy cómodamente mirando televisión. Lograba ver con algo de detenimiento los pequeños colores que conformaban la imagen. Me acerqué un poco, casi distraído, despacio, naturalmente. Posé la punta de mi nariz en la pantalla. Miraba y miraba. Todo se veía agradable desde ahí, estaba realmente muy cerca, faltaba un poquito nomás, pensé. Hice algo de fuerza. Con mis dos brazos extendidos, sujeté el televisor por los laterales e hice presión hacia mí contrayendo los omóplatos, mientras en simultáneo me encargaba de hacer fuerza en el sentido contrario con mi rostro. De a poco sentí algo de dolor en mi nariz, la compresión era bastante intensa. No me detuve, comencé a hacerlo con mayor vigor. Me pareció que el televisor quería ceder, doblarse un poco hacia adentro. No le di ningún tipo de tregua y cada vez aplicaba más kilogramos de fuerza en la punta de mi nariz, dirigiéndola directamente hacia el frente. Sentí un dolor muy fuerte en ese momento, y un poco de sangre brotaba por mi nariz. Me concentré debidamente y lo hice sin especular más, con toda la fuerza posible. Sentí unos sonidos, algo se rompía, tal vez era el televisor, o mi nariz, no lo tenía claro. La pantalla comenzaba a quebrarse y me lastimaba, un poco los ojos y las mejillas, la frente también. No me detuve, nada podría ya hacerlo. Fui ingresando lentamente del otro lado. Se sentía muy bien, yo me sentía muy bien, tal vez algo desfigurado, pero el dolor ya no era dolor, era algo que me sucedía a mí de forma ficticia, yo mismo era una ficción. Supe entonces que podría haberme equivocado. Logré distinguir mi sofá vacío. Sentí algo de pena por mí mismo, y con el rostro borroso pregunté por mí. Alguien de por ahí o sólo una voz me respondió que no sabía de quién le hablaba, y que trate en lo posible de no preguntar tonterías.

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