Reíamos un poco mientras tomábamos algo, se estaba bien. Me sentía no-tan-lejos, tal vez acercándome sigilosamente como un perro algo asustado guiado por sus instintos. Ella pronunció mi nombre y algo retumbó, ¿mi nombre?, ¿me estaba hablando justamente a mi? Claro… pobre, jaja, no sabrá entonces, qué dispersa, no se dio cuenta. Que acaso ese cuerpo vacío al que le hablaba está precisamente en ese estado. Que mi nombre es una palabra literal, algo obscena por cierto, que busca identificarme con otros tantos que se llaman igual. Qué lejana me resulta esa idea, qué lejano me encuentro yo ahora mismo. Cuánta ternura me despierta que alguien mencione el nombre de mi cuerpo y busque acercarse a él. Me dan ganas a veces de abrazar y acariciar a mi interlocutor. Cómo le digo entonces, cómo hago para generar la orden desde el más acá, hacia el más allá, pasando por mi cerebro, luego por mi sistema motriz, para finalizar en mis labios y explicar, y decirle. Me resulta tan tedioso. Me gustaría que comprenda que hago todo mi esfuerzo, de corazón. Quisiera decirle que estoy en el más acá, algo abstracto, volátil, acompañando la conversación con un hilo de voz, y una fuerza débil, enfermo en mi cama probablemente, o en mi lecho de muerte, y mi cuerpo en el recuerdo, y su rostro apenas puedo visualizarlo porque ha pasado quizá sin pena ni gloria y sin dejarme nada, como no me deja mientras me habla y pronuncia mi nombre, y maldigo el porqué de esta distancia y este cuerpo caprichoso con un ser tan distante, vacío, sin nombre ni tiempo, en su lecho a punto, justo antes de morir.

 

 

 

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