¿En qué te convertís cuando te convertís en vos mismo?, ¿tal vez en viento?, ¿en una ráfaga incontenible?, ¿de verdad?, ¿en un grito de gritadero fugaz y aterrador?, ¿en un sobrante de lo cotidiano, una resaca de energías desperdiciadas? En una calle tal vez vacía, arrasada. ¿O acaso cuando te convertís en vos mismo, sos pureza? Una transparencia en sosiego mayor, una certidumbre diáfana y total. ¿Creés en vos mismo?, ¿y que ha sido entonces, si me permitís, lo más importante en toda tu vida?, en serio, hablemos en serio. ¿Y vos sabés bien, no? Sabés bien para dónde vamos. ¿Con qué llenás esto? Esto de acá, mirame. Lo que tenemos acá. Mirame a la cara también, esta cara de “acá” con dolor, de vacío y de la nada misma. Cuando hacés arroz por ejemplo y lo tenés que acompañar con algo más, algo que te llene las tripas evitando lo soso de un arroz blanco. ¿Una fritura elegís?, ¿un sabor aceitoso y resbaladizo que te deja un presente extasiado? Que recorra los largos metros de tus intestinos sin ningún tipo de aspereza ni de rencor. O unas verduras, mejor. Unas verduras para proyectar al futuro inmediato. ¿Inmediato? Pero si.. pero si la vida.. faltan tantos años, ¿faltan tantos años? Pero si los dinosaurios, los dinosaurios paseaban saltarines tranquilamente hasta que, hasta que… eso fue hace como doscientos millones de años, ¿en serio?, ¿y vos cuántos años sos? Como un puntito sos, o una línea, o un segmento preciso y ahogado en un espacio inicial y final sofocante. Ah, claro, si, la vida puede ser larga. ¿Si?, ¿y si mejor te convertís en vos mismo?, sí, en vos mismo, pero, pero… ¿En qué te convertís cuando te convertís en vos mismo?

Anuncios