Estábamos en la cama, me acerqué con una especie de escozor. Una nostalgia de vacío, una nada misma me llenaba. Yo no estaba allí. La rodeé con mis brazos pretendiendo acariciarla. La recorrí con mis manos, la rocé desesperadamente. Quise hacer todo al revés, en ese momento yo no era nadie. Te creés, idiota, que me vas a calentar así, sin ni siquiera darme un beso. Me dijo con una ira sincera, y con toda la razón también. Lo sabía. No quería besarla, no podía. Respondí torpemente, traté de esquivar sus reproches completamente ciertos porque aunque me jacte de tener autocrítica y honestidad, hay situaciones en las que decir la verdad es sinónimo de decir no te quiero en la cara, y eso, coincidamos, esa valentía aparente es la mayor de las cobardías. Me quedé callado por sobre todas las cosas y cedí en definitiva a su ofensiva. No me quedaban muchas alternativas, tuve que resistir golpe tras golpe deseando irme a cualquier otro lado pero me daba pereza. Me sentía un miserable hasta que ese sentimiento justificado me daba sueño. Hubiera querido decirle que bueno, que ya está, vamos a dormir mejor, mañana temprano me voy. Es tarde para este tipo de cosas. Paremos por hoy, por favor, paremos, dije sin convicción y por alguna razón paramos, no creo que haya sido por mí. Le dije que la quería y me limité a abrazarla. Recién entonces pudimos dormir. Supe mientras caía en una vigilia amarga, que debía marcharme temprano y no volver jamás.

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