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tundrario

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diciembre 2017

Hola a todos (hola chicos), soy yo, espero que sepan quién (o mejor se los digo), bueno ya fue (se re fue) soy Ramón. Tanto que nada y que nada (nada che) y de nuevo que sí (que sí, que si) y que no. Yo siempre digo que no, que para mí (y no, obvio que no), y al final un poco sí (un poco), y me la paso acá que escribo (siempre escribo), siempre (pero siempre eh), y en definitiva el puñadito (chiquito, chiquitito) de lectores secretos (muy secretos son) me hace llegar algún que otro mimo (un mimo me llega). Alguno que me manda un mensajito (ay, gracias), otro que comenta y saluda (saluda, saluda) y otro que apenas leyó algo (algo, alguito) y le gustó, y el que no le gustó (para nada le gustó), y acá el año se termina (se va che, se me va) como termina todo (todo termina, tiene un final), y si mi voz paralela (esta vendría a ser mi voz paralela) habla más que la real (si escribo más palabras acá es porque mi voz paralela habla más que la real) significa que ya me pasé para el otro lado (y qué tiene que ver con mis lectores secretos), bueno nada, que quería mandarles (les mando a todos) una copa arriba (¡bien arriba!), una sonrisa (de las de verdad, que se dibujan solitas) y antes de que termine permítanme (no sean malos) un recuerdo para una estrellita de por ahí (muy chiquita, muy de por ahí la estrellita) que no puedo dejar de mencionar (no puedo che) cuando se me termina el año (se me escurre entre las manos). ¡Salud amigos! (chin chin completo con abrazo y sonrisa, mi puñadito de lectores secretos).

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Las rocas quieren ser arena. Las rocas no quieren esperar tanto para ser arena. Se erosionan lentamente, maldicen su naturaleza y esperan. La arena danza sobre el agua, se ríe de las rocas y las alienta con ternura. La arena sabe que la espera valió la pena, pero la espera es pasado para la arena y presente para las rocas.

Las rocas lloran y le piden piedad al viento y al agua. Esa tortura suave y oriental se vuelve inquietante. Piden fuerza y voluntad para su evolución, para ser arena y para jugar dentro del agua y dentro del viento.

El sol aparece, el horizonte se llena de vida. El viento sacude al agua, el agua salta y juega arrastrando arena. La arena nada sobre el agua o dentro de ella, también salta y vuela con el viento. Las rocas, inmóviles por los próximos millones de años, sueñan en silencio, maldicen al tiempo y esperan.

Buenas, que tal, soy Ramón. Hoy estaba muy ansioso (muy ansioso estaba) y me puse a pensar en eso. Siempre me gana la ansiedad (siempre, siempre), es increíble. Mirá que trato, pero no puedo (no puedo), una y otra vez, y una y otra vez, y la ansiedad (siempre la ansiedad). Trato de hacer una cosa, trato de hacer otra, y la ansiedad, y el teléfono que tengo (tengo un teléfono muy bueno), que me lo compré re barato porque era robado. Y entonces vuelvo, y digo (digo, digo, digo) hoy si, hoy me concentro, hoy avanzo en la vida (avanzo con todo), y no, y mirando, que quién me habló, que quién no se qué cosa, que las redes sociales (las redes), y si, por algo se llaman redes, como que te atrapan (te re atrapan) y no te dejan hacer nada. Para mí que es obvio (re obvio), que es un conspiración (tremenda conspiración), y de acá a diez años ya nadie se va a poder concentrar ni cinco minutos (ni cinco) en absolutamente nada, y todos van empezar a tener crisis de nervios (una crisis horrible) y como que se van a terminar muriendo arrancándose los pelos de la cabeza con baba saliéndoles por la boca. Como el chino de la vuelta (el chino, ¡qué chino!), que el otro día me vendió un pan mufado (ya les conté) y que anda siempre con el teléfono. No lo puede soltar ni para pasar lo que le compro por el aparatito que hace ¡pip! (el cosito ese), y entonces no suelta el teléfono que está todo en chino (no lo suelta), y así labura, (si, así) igual no piensen que me la agarro con él porque en el fondo es bueno (en el fondo) y tiene un hijito muy simpático (un hijito tiene) que se la pasa correteando por el local (se la pasa), por no decir que el chinito se la pasa corriendo por el “chino”, porque así le digo, y bue, pero vuelvo con lo del teléfono (vuelvo, vuelvo) y así todos, y así yo, que no lo suelto, y quiero hacer algo, y quiero avanzar (quiero, quiero, quiero) y nada che, nada, así me voy al tacho (me voy) sin poder hacer nada de la vida más que ver qué cositas me dicen (me dicen, me dicen), y hablando de lo que me dicen, siempre me dicen que soy muy ansioso (re ansioso), y que se yo, no sé si es verdad (no se) pero me lo dicen mucho (me dicen, me dicen), asi que mejor me pongo a hacer algo, taluego.

Un croissant, un croissant que se moja en el café. El café en la mesa. La mesa en una confitería. En una calle, en una ciudad. La ciudad en un país, país en un continente, en el planeta tierra. Planeta en un sistema solar. En una galaxia, en un universo infinito. En un universo infinito el croissant se moja en el café, en el café flota una pequeña miguita de croissant, la miguita tiene el exacto e idéntico volumen infinito e incuantificable del universo, en el universo de miguita, galaxias. En las galaxias de miguitas sistemas solares de miguitas, en los sistemas solares planetas de miguitas, en los planetas no hay divisiones políticas, por lo que no se pueden reconocer países y continentes de miga, sólo hay miga y miguitas, más espacio y moléculas, y átomos, y ciudades de miga con confiterías y mesas, y croissants que se mojan en cafés, y de él se desprenden más migas, y miguitas con el exacto e idéntico volumen infinito e incuantificable del universo.

En su mirada la calma. Paz absoluta e ineludible. Te quiero, me dijo. Te agradezco, respondí. Se alejó y en sus ojos perduraba una estela de sosiego dramatizado, y entre nosotros un espacio, y en el espacio mis brazos y los suyos. No podíamos alcanzarnos, apenas vernos. Necesario, siempre será necesario. Se acercó lo suficiente para tocarme, y lo hizo. Yo aún no podía. Me rozó, me besó. Te quiero, le dije. Te agradezco, respondió.

Reíamos un poco mientras tomábamos algo, se estaba bien. Me sentía no-tan-lejos, tal vez acercándome sigilosamente como un perro algo asustado guiado por sus instintos. Ella pronunció mi nombre y algo retumbó, ¿mi nombre?, ¿me estaba hablando justamente a mi? Claro… pobre, jaja, no sabrá entonces, qué dispersa, no se dio cuenta. Que acaso ese cuerpo vacío al que le hablaba está precisamente en ese estado. Que mi nombre es una palabra literal, algo obscena por cierto, que busca identificarme con otros tantos que se llaman igual. Qué lejana me resulta esa idea, qué lejano me encuentro yo ahora mismo. Cuánta ternura me despierta que alguien mencione el nombre de mi cuerpo y busque acercarse a él. Me dan ganas a veces de abrazar y acariciar a mi interlocutor. Cómo le digo entonces, cómo hago para generar la orden desde el más acá, hacia el más allá, pasando por mi cerebro, luego por mi sistema motriz, para finalizar en mis labios y explicar, y decirle. Me resulta tan tedioso. Me gustaría que comprenda que hago todo mi esfuerzo, de corazón. Quisiera decirle que estoy en el más acá, algo abstracto, volátil, acompañando la conversación con un hilo de voz, y una fuerza débil, enfermo en mi cama probablemente, o en mi lecho de muerte, y mi cuerpo en el recuerdo, y su rostro apenas puedo visualizarlo porque ha pasado quizá sin pena ni gloria y sin dejarme nada, como no me deja mientras me habla y pronuncia mi nombre, y maldigo el porqué de esta distancia y este cuerpo caprichoso con un ser tan distante, vacío, sin nombre ni tiempo, en su lecho a punto, justo antes de morir.

 

 

 

Por lo general trato de no escribir ningún artículo por fuera de lo exclusivamente literario o artístico. Principalmente porque no quiero mezclar las cosas, segundo, porque no creo que esta página tenga un gran alcance, y tercero, será tal vez que no he sentido hasta el momento un gran dolor como el de estos días donde permanecer al margen y subir textos sobre cualquier cosa simplemente me avergonzaría.

En estos días en Buenos Aires se ha dado un hecho histórico de retroceso a nuestra peor versión. El gobierno de Mauricio Macri busca aprobar las leyes de Reforma Previsional, Reforma Laboral y la quita de AUH (Asignación Universal por Hijo).

Justamente ayer el pueblo se ha movilizado en contra puntualmente de la Reforma Previsional. Una ley que busca modificar el actual coeficiente de aumento en los haberes jubilatorios, hasta hoy ligado a los salarios y la recaudación, para depender del IPC (Índice de Precios del Consumidor, regido principalmente por la inflación) generando en definitiva una pérdida de valor adquisitivo para nuestros jubilados, que hoy en día ya se encuentran en una situación límite.

El motivo es la clásica receta neoliberal que busca recortar el gasto público y el alcance de un Estado regulador. La mínima pensión recibida por los jubilados forma parte del “gasto público” que busca ser recortado.

Al margen de la iniciativa, todo esto se combinó con una manifestación que ha sido brutalmente reprimida frente al Congreso de la Nación, recordando nuestras peores miserias, a las que parecemos regresar cíclicamente.

La única solución será siempre la educación y estar informados para en principio no votar gente que se dedique a empobrecer a los pobres (y sacarle dinero del bolsillo a los ancianos). Debemos avanzar como sociedad y recordar que los medios de comunicación son empresas (una empresa es una organización o institución dedicada a actividades o persecución de fines económicos o comerciales), las cuales con toda lógica instalan una opinión pública de acuerdo a sus intereses (intereses de empresas).

El texto ha sido improvisado, simplemente no quería dejar de mencionar el tema y la gran tristeza que me genera ver nuevamente este tipo de acontecimientos penosos. Aprendamos de una vez.

¿En qué te convertís cuando te convertís en vos mismo?, ¿tal vez en viento?, ¿en una ráfaga incontenible?, ¿de verdad?, ¿en un grito de gritadero fugaz y aterrador?, ¿en un sobrante de lo cotidiano, una resaca de energías desperdiciadas? En una calle tal vez vacía, arrasada. ¿O acaso cuando te convertís en vos mismo, sos pureza? Una transparencia en sosiego mayor, una certidumbre diáfana y total. ¿Creés en vos mismo?, ¿y que ha sido entonces, si me permitís, lo más importante en toda tu vida?, en serio, hablemos en serio. ¿Y vos sabés bien, no? Sabés bien para dónde vamos. ¿Con qué llenás esto? Esto de acá, mirame. Lo que tenemos acá. Mirame a la cara también, esta cara de “acá” con dolor, de vacío y de la nada misma. Cuando hacés arroz por ejemplo y lo tenés que acompañar con algo más, algo que te llene las tripas evitando lo soso de un arroz blanco. ¿Una fritura elegís?, ¿un sabor aceitoso y resbaladizo que te deja un presente extasiado? Que recorra los largos metros de tus intestinos sin ningún tipo de aspereza ni de rencor. O unas verduras, mejor. Unas verduras para proyectar al futuro inmediato. ¿Inmediato? Pero si.. pero si la vida.. faltan tantos años, ¿faltan tantos años? Pero si los dinosaurios, los dinosaurios paseaban saltarines tranquilamente hasta que, hasta que… eso fue hace como doscientos millones de años, ¿en serio?, ¿y vos cuántos años sos? Como un puntito sos, o una línea, o un segmento preciso y ahogado en un espacio inicial y final sofocante. Ah, claro, si, la vida puede ser larga. ¿Si?, ¿y si mejor te convertís en vos mismo?, sí, en vos mismo, pero, pero… ¿En qué te convertís cuando te convertís en vos mismo?

  • ¿Ésto es todo? – Preguntó el Hombre Ordinario.
  • Es todo. – Respondió el Hombre Inteligible.
  • ¿Y los sueños?
  • Son el pasado.
  • ¿Y la plenitud?
  • No existe.
  • ¿Y el amor incondicional que da sentido a las vidas mundanas?
  • Es para pocos.
  • ¿Y qué queda?
  • Lo que puedas hacer con lo que queda.
  • Puedo hacer muy poco.
  • Quedará muy poco.

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