Eco, me dijo Umberto, y escuché aquella musicalidad literaria. Las notas tácitas que llevan las palabras con sumo sigilo, y sus sílabas tónicas en las oraciones, cuentos, novelas. Tonalidad de naturaleza del lenguaje por un lado, y tonalidad del peso específico del significado, por otro. De vez en cuando sucede que uno se encuentra atrapado en una lectura y percibe en los pequeños espacios y comas, en los puntos, un silencio. De los que ensordecen y traen consigo un eco. Una palabra colocada en el lugar adecuado, un grito seco y áspero en la punta de un espacio inacabable, con la sensibilidad de buscarla dulcemente hasta que aparece para retumbar y hacernos sentir por un momento tan pequeños, sumisos. Siendo parte de una especie de barranco solitario e inhóspito, con esa bendita palabra reverberando por los valles y cerros, moviéndose a trescientos cuarenta y tres metros sobre segundo. Se puede recibir a modo de eco cíclico una y otra vez, aquella verdad súbita, aquel placer de saber que la vida al final tenía sentido y se podía justificar a sí misma con esos momentos, con rayos sonoros engendrados en el silencio y compuestos por notas precisas que emiten la exacta frecuencia de nuestro estómago-pecho, haciendo un efecto de resonancia-verdad. Resuena el cuerpo a partir del corazón, resuena la máxima expresión del vivir, la posible existencia de dios, resuena el recuerdo del presente, de estar vivo hoy, y para siempre.

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