Y de noche, cuando a veces uno piensa en algunas cosas que no debe, cuando lo versátil y pujante se transforma en un papel de lija o en una piedra pómez, sucede que se nos puede llegar a escapar tal vez una pequeña lágrima. O ni siquiera se llega a escapar en forma de lágrima tradicional, sino que ese escozor de pronto nos hace partícipes y se viene a ubicar justamente en nuestros ojos, generando una especie de película líquida para cubrir nuestro globo ocular. Justo en ese momento, cuando es de noche, tal vez sea un juez oculto o divino quien se encarga de inclinar la balanza emocional y nos regala un juego. El de mirar una luz, con esa nostalgia que por defecto se conserva en los momentos en que hacemos trabajar nuestras glándulas lagrimales. Miramos, como perdidos una luz o varias y si uno hace un poquito de fuerza, y cierra un poco los ojos, contrae ciertos músculos faciales, se puede ver como esa luz se convierte en una forma maravillosa e indeterminada. Formitas digamos. Cosas que cambian y se transforman, que parecen centellar como chipas o fuegos artificiales. Justo ahí es cuando uno se pone a jugar, a unir distintas luces de muchos colores y tamaños, perdiéndose en ellas por unos segundos, olvidando la causa del llanto y de la tristeza, recordando finalmente que el tiempo será siempre tiempo, y que tarde o temprano, si la suerte acompaña, no podremos jugar a las formitas de colores, ni tampoco llorar.

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