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tundrario

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noviembre 2017

Eco, me dijo Umberto, y escuché aquella musicalidad literaria. Las notas tácitas que llevan las palabras con sumo sigilo, y sus sílabas tónicas en las oraciones, cuentos, novelas. Tonalidad de naturaleza del lenguaje por un lado, y tonalidad del peso específico del significado, por otro. De vez en cuando sucede que uno se encuentra atrapado en una lectura y percibe en los pequeños espacios y comas, en los puntos, un silencio. De los que ensordecen y traen consigo un eco. Una palabra colocada en el lugar adecuado, un grito seco y áspero en la punta de un espacio inacabable, con la sensibilidad de buscarla dulcemente hasta que aparece para retumbar y hacernos sentir por un momento tan pequeños, sumisos. Siendo parte de una especie de barranco solitario e inhóspito, con esa bendita palabra reverberando por los valles y cerros, moviéndose a trescientos cuarenta y tres metros sobre segundo. Se puede recibir a modo de eco cíclico una y otra vez, aquella verdad súbita, aquel placer de saber que la vida al final tenía sentido y se podía justificar a sí misma con esos momentos, con rayos sonoros engendrados en el silencio y compuestos por notas precisas que emiten la exacta frecuencia de nuestro estómago-pecho, haciendo un efecto de resonancia-verdad. Resuena el cuerpo a partir del corazón, resuena la máxima expresión del vivir, la posible existencia de dios, resuena el recuerdo del presente, de estar vivo hoy, y para siempre.

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¡Hola amigos! (hola) soy yo, ya llegué (llegué ya), estoy aquí (aquí de acá), vengo que te vengo (vengo eh), soy Ramón (hola). Saben que me tomé un tiempo (un tiempecito me tomé) y me fui a pasear por ahí (de vacaciones). En realidad no serían unas vacaciones (no serían). Podría decir algo asi como viaje (algo así). La cuestión (gran cuestión gran) es que sin darme cuenta (ni cuenta me dí), ya pasó medio año (la mitad exacta de un año). Lo importante de lo que les quiero contar (quiero) es que el tiempo se me vuela (como las chapas de la cabeza). Medio año (si), que parece como media hora (media hora parece). Entonces con esta seguidilla, un año sería una hora (sería eso). Porque lo que hay que decir acá (hay que decirlo señores) es que cuando te dicen que la vida es como un pedo en una canasta (pedo de gas, flatulencia, desgracia orgánica), efectivamente es verdad (totalmente). Antes de irme tomé como referente (gran referente) a un pibe que jugaba a la pelota conmigo (jugaba, jugaba). Un día se fue nomás a Australia el pibe a preparar café (mucho café). Me pareció mucho tiempo (me pareció), y un día nomás volvió (así nomás). Le vi la cara, y le dije (le dije) che que bien (re bien). Pareció como si lo hubiera visto ayer (ayer nomás) o sólo unas horas. Todo estaba igual (recontra igual estaba). Yo estaba igual (auch!). Entonces dije (ma sí (léase “ma sehh”(no te esperabas estos paréntesis, eh))), yo me voy para cualquier lado, si total (recontra total) no pasa nada y esta canasta ni siquiera tiene un pedo (ni siquiera). Me fui nomás y acá estoy (acá ando). Medio año le metí (la mitad exacta de un año), y parece que me hubiera ido hace media hora. Qué cosa, che (cosita). Y un paso y otro paso (pasito) y una hora, y media hora (y la vida entera).

Cómo estás, Lizette. Hoy te vi pasar. Te vi por ahí y te imaginé, te pedí permiso también para imaginarte y me lo diste. Me dejaste, muchas gracias, Lizette. Me dijiste que haga lo que quiera con vos en mi mente, que podía acariciar tu espalda, tocar tu cintura, tus muslos. Podía también verte sonreír, creyendo en mí, amándome. Te imaginé feliz, dibujé en tu cuerpo algo cursi, tal vez un corazón. No hay nada más cursi que dibujar un corazón, Lizette. No sentía vergüenza porque eras imaginaria, podía dejar de especular y explotar de amor, repetirte una y otra vez que te quiero, que te amo, Lizette. Te abracé también mientras te acariciaba y me permití ser tu dios, controlarte de modo imperturbable, no sentir nada. Te vi retorcerte. Vi tus mejillas rojas, te vi avergonzada, Lizette. Te perdiste en el placer de mis manos, rocé tus muslos y estaban húmedos, estaban mojados por tu confusión y tus mejillas ardían, exultantes, te dije que me resultaba absolutamente vulgar de tu parte, Lizette. Me mirabas con miedo sin comprenderlo, yo impertérrito, era hielo, era sencillamente el titiritero de tu cuerpo, que no dejaba de retorcer y utilizaba con desdén para armar figuras imposibles. Y así te miré, te rodeé completa con mis brazos. No estabas ahí, estabas perdida en un mundo imaginario, te esfumaste con tus mejillas rojas y me preguntaste qué vendría a continuación, te vi perderte, Lizette, y pidiéndote disculpas, con ardor y temor te consulté si podría ser, si será posible, si por favor, podría imaginarte una vez más y hacerte lo que yo quiera, Lizette.

Y de noche, cuando a veces uno piensa en algunas cosas que no debe, cuando lo versátil y pujante se transforma en un papel de lija o en una piedra pómez, sucede que se nos puede llegar a escapar tal vez una pequeña lágrima. O ni siquiera se llega a escapar en forma de lágrima tradicional, sino que ese escozor de pronto nos hace partícipes y se viene a ubicar justamente en nuestros ojos, generando una especie de película líquida para cubrir nuestro globo ocular. Justo en ese momento, cuando es de noche, tal vez sea un juez oculto o divino quien se encarga de inclinar la balanza emocional y nos regala un juego. El de mirar una luz, con esa nostalgia que por defecto se conserva en los momentos en que hacemos trabajar nuestras glándulas lagrimales. Miramos, como perdidos una luz o varias y si uno hace un poquito de fuerza, y cierra un poco los ojos, contrae ciertos músculos faciales, se puede ver como esa luz se convierte en una forma maravillosa e indeterminada. Formitas digamos. Cosas que cambian y se transforman, que parecen centellar como chipas o fuegos artificiales. Justo ahí es cuando uno se pone a jugar, a unir distintas luces de muchos colores y tamaños, perdiéndose en ellas por unos segundos, olvidando la causa del llanto y de la tristeza, recordando finalmente que el tiempo será siempre tiempo, y que tarde o temprano, si la suerte acompaña, no podremos jugar a las formitas de colores, ni tampoco llorar.

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