– Che, ¿Vos cuántos años cumpliste? – Preguntó Diego apoyando sus antebrazos en el parapeto de la ventana, prendiendo un cigarrillo.
– Veintinueve – Respondió Julio sencillamente echado en el sofá. Si te querés burlar, me falta para los treinta, jovatín.
– Bueno ya pasaste los veintisiete, viste que unos cuántos se mueren a los veintisiete. Sería ideal si te hubieras muerto hace dos años atrás.
– Me halagás, boludingui. La gente importante en realidad se muere a esa edad. Bah, no faltarán giles sin prensa también.
– ¿Vos viste esa carta que dejó Kurt Cobain? Decía que para él hacer tocar en vivo era prácticamente como fichar, como entrar al laburo, y que no le dejaba absolutamente nada – Dijo Diego y a continuación le dio una profunda pitada a su cigarro.
– Si, la vi. Muy curioso.
– Muy curioso.
– Yo creo que sé porqué pasa eso, el tema de la crisis de los treinta y todo eso.
– ¿Estás esperando que te pregunte “qué pensás” o te presente?
– Bueno, calmate salamín. Yo pienso que antes de los treinta, a los veintipico ponele, los mejores artistas son por lo general músicos en su mejor momento y esas cosas. Se inspiran en el futuro, en el fuego de la vida incierta que viene. Después de más grandes por lo general los músicos no valen un peso argentino devaluado por Macri. Sirven para reversionarse a ellos mismos o tocar covers. No todos, claro, pero lo bueno que sale del corazón, la pasión pura sale a los veinte.
– Puede ser, ¿Y los músicos de jazz o de tango? Esos son más grandes.
– Pará que termino. Y pienso que después de los treinta, la inspiración de los artistas empieza a pasar mucho por el pasado, por el recuerdo de la adolescencia, infancia, ya todo está más lejos y empiezan a comprender que ahí estaba el origen de todo, de cómo son, de la vida. Ahí tenés a esos que nombrás. Decime un tango que no hable del piberío, del barrio y la vieja, y se largue a llorar acordándose de todo eso. Por lo general los escritores, arquitectos, tangueros alcanzan su mejor momento después de los cuarenta, eso es universalmente sabido.
– ¿Arquitectos como nosotros? Entonces nos queda tiempo para tener una carrera exitosa y fructífera, por suerte. No deberíamos usarla para estar acá fumando.
– Claro que sí, aunque yo ya haya dejado la arquitectura. El tema central para mí está en que en el transcurso de esa etapa, de la de del proyecto-a-futuro y la del vivo-del-pasado, hay una especie de transición dolorosa que por lo general pasa cerca de los veintisiete, de limbo emocional, donde no te pasa nada che, el corazón te queda hecho de piedra y no podés derramar una lágrima por nada. Como vos, que sos un hombre horrible y me das lástima.
– Es verdad. Vos te hacés en sensible y también sos un hombre horrible como yo, y me das pena, que es peor.
– La lástima es mucho peor que la pena, primero. Y con lo que decís de mí, es solamente porque todavía no salí del limbo, ¿Entendés? Dame unos años más y me vas a ver llorando a moco tendido.
– Acordándote de cuando andabas en bici, ¿no? Dando la vuelta manzana. O cuando mirabas dibujitos, imbécil. Me das un poco de asco.
– Claro, acordándome de la bici. O también de las calles de mi barrio de más grande, tal vez algún día te recuerde a vos fumando ahí contra la ventana mirando la calle, tan joven y sin nada que perder.
– ¿Ya te agarró de nuevo la nostalgia del presente?
– Viste que tengo un corazón sensible, hecho de carnita.
– ¿Tenés birra ahí?
– Tomá.

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