Buscar

tundrario

mes

octubre 2017

No se escuchan más que algunos grillos nocturnos por las calles de la ciudad. Los automóviles reposan y la mayoría de los porteños también, salvo uno. Pueden oírse con sutileza unos pasos firmes que perduran en el tiempo y buscan la eternidad; se hace presente en esta escena el extraordinario escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires. Estamos hablando, claro está, de Attilio Olivetti.

Acompañan sus pasos rimbombantes un sinfín de cavilaciones. Espera, una vez más, encontrar su mejor tango aquella noche. Tal vez a la vuelta de la esquina lo esté esperando, tal vez al final de la calle, tal vez será en el cielo. Piensa el escritor si ha llegado la hora de considerar la posibilidad de que aquel tango no exista, ¿Será posible entonces, que aquella obra de arte perfecta no se le presente jamás? Reflexiona con alguna indisimulable congoja, y busca descubrir cómo se debe proceder en dicho caso, utilizando el sentido de la lógica en su más excelsa expresión.

Un “plan B”, dice de pronto, como una especie de aparición espectral, ¿Será un plan B la solución?, continúa caminando, da unos pasos, y fuma un poco de tabaco. No puede ser, el plan B no es la respuesta. El camino alternativo es un camino cobarde, es una variante que utilizan tal vez quienes se encuentran perturbados por el miedo, y así fracasan, y así su plan B se convertirá en el A, para generar otro plan B y dar paso finalmente a una sucesión de derrotas ignoradas hasta la hora signada del último suspiro.

Qué vida tan horrible, piensa, y percibe finalmente que buscar una alternativa no es la solución, ¿Y lo es entonces, continuar buscando aquel mejor tango?, ¿Y si no existe? Vuelve a considerar su primer premisa. En caso de fallar, el fracaso será más rotundo, más insoportable, será la esencia de la muerte. No lo sabe nuestro querido escritor de tangos y piensa que tal vez no lo sepa nunca. Su camino se percibe difuso bajo una niebla espesa; sigue caminando.

Descubre finalmente que siempre podrá aferrarse a una única certeza: nunca dejará de caminar. Sonríe con un sarcasmo genuino. Saca otro cigarro y lo enciende; dentro de la niebla se pierde en secreto la silueta de Attilio Olivetti, el extraordinario escritor de tangos que ha dado la ciudad de Buenos Aires.

Anuncios

Volando descubrí lo bueno de volar. Arrastrándome descubrí el deber de volar. Callado y en silencio reflexioné sobre las razones de la existencia y no las determiné. En el aire percibí el viento, y en él las razones, y en las razones una vida vivida, y en la vida vivida un futuro incierto, pero real y digno.

Los dedos rozando el teclado. Apretando letras. Letras que formen palabras. Que las palabras sean como yo mismo. Letras, palabras, yo. Como parte de mi cuerpo. Triangulación tiki-tiki. Como el futbolista, como el futbolista, que hace jueguito, jueguito, jueguito. Que la pelota taka-taka, que la pelota arriba y abajo y paz. Paz en el pecho, control total de la pelota, la pelota es el jugador. Yo soy las palabras, yo taka-taka, suelto, om, om, ommm. Ni siquiera dejo pasar que el pensamiento se construya en mi mente porque para construirlo lo hago con las palabras. Puro, desde el fondo. Te lo doy desde el fondo porque sino, porque sino le pifio, le pifio, la pelota se cae, la pienso, llego o no llego, puedo hacer más jueguito, me pregunto, se cayó la pelota, se cayó porque la pensé, y las palabras se caen, se caen, se caen cuando las pienso, pienso, cuando las pienso, las palabras no son palabras, las palabras soy yo, el teclado, mis dedos tiki-tiki, mis manos, nervios, cabeza, yo, yo mismo, así, om, om, ommm.

Río, de reírme y de río. Río a carcajadas, caudal de risas y cosquillas. De desesperación por momentos. Miro, de mirar a mi alrededor. Comparo, de perversiones y miedos. Observo, de hacerlo hacia arriba, hacia el cielo. En esa conexión visual está el infinito de un lado, y yo, del otro. Solo yo. Algunas nubes toman una forma de pipa, y expulsan humo. Eso lo dramatizan muy fácilmente, tal vez por eso eligen convertirse en forma de pipa y humo en lugar de ser un vaso de cerveza y cerveza. Conversamos. Así que vos allá. Te preguntás que hay acá: Pues nada. Me dijo una boca de nubes con tono de español neutro expirando nubes grises que se amontonaban densamente y buscaban llover. No lluevas todavía, le dije. Me gustaría primero poder tener ciertos conceptos más claros. Cómo cuales, como los del cielo, como los del buen vivir, y como los de este río y su caudal de risas nerviosas, que a veces lo encuentro completamente transparente y a veces negro. Pero si llueve, me dijo, si te lluevo ahora mismo en tu horrible cara, el río crecerá y desbordará. Te desbordará la cara de risas, o te ahogarás. Tal vez te alcance los pies y no tengas que mirar nunca más a tu alrededor, ni pervertirte, ni imaginarte que hay de este lado tampoco. Tengo miedo, suspiré de nuevo. Nunca vas a aclararme nada, siempre me dejás acá de este lado preguntándote lo mismo. Rió, la gran masa de nubes con forma de boca y de pipa, y me dijo que el acento de río, si se lo pasa de la “i” a la “o”, deja de ser río, y en vez de reírte vos, se ríen los demás. Exhaló más nubes con ambiciones artísticas que representaban muy bien al humo saliendo de una pipa, y se largó a llover.

A mi dame siempre la calle. Dame siempre el subte y el bondi. Dame personas que pueda alcanzar con un golpe visual mientras recorro la ciudad, y auriculares también, para no oírlos, para crear una escena melancólica o alegre, o gris, y ver con suerte algo que no exista. Dame jóvenes que ardan con sueños reales y futuros inciertos. Dame una ventana para descubrir peatones que rían, dame bondad para creer en ellos. Quiero también un rayo de sol que filtrándose por la ventana me ilumine, y así podría mirarme finalmente a mí mismo y sentir al menos por un precario momento que soy parte y que pertenezco a los jóvenes que arden con sueños reales, a los peatones que ríen. Dámelo todo, y dámelo en la calle.

– Che, ¿Vos cuántos años cumpliste? – Preguntó Diego apoyando sus antebrazos en el parapeto de la ventana, prendiendo un cigarrillo.
– Veintinueve – Respondió Julio sencillamente echado en el sofá. Si te querés burlar, me falta para los treinta, jovatín.
– Bueno ya pasaste los veintisiete, viste que unos cuántos se mueren a los veintisiete. Sería ideal si te hubieras muerto hace dos años atrás.
– Me halagás, boludingui. La gente importante en realidad se muere a esa edad. Bah, no faltarán giles sin prensa también.
– ¿Vos viste esa carta que dejó Kurt Cobain? Decía que para él hacer tocar en vivo era prácticamente como fichar, como entrar al laburo, y que no le dejaba absolutamente nada – Dijo Diego y a continuación le dio una profunda pitada a su cigarro.
– Si, la vi. Muy curioso.
– Muy curioso.
– Yo creo que sé porqué pasa eso, el tema de la crisis de los treinta y todo eso.
– ¿Estás esperando que te pregunte “qué pensás” o te presente?
– Bueno, calmate salamín. Yo pienso que antes de los treinta, a los veintipico ponele, los mejores artistas son por lo general músicos en su mejor momento y esas cosas. Se inspiran en el futuro, en el fuego de la vida incierta que viene. Después de más grandes por lo general los músicos no valen un peso argentino devaluado por Macri. Sirven para reversionarse a ellos mismos o tocar covers. No todos, claro, pero lo bueno que sale del corazón, la pasión pura sale a los veinte.
– Puede ser, ¿Y los músicos de jazz o de tango? Esos son más grandes.
– Pará que termino. Y pienso que después de los treinta, la inspiración de los artistas empieza a pasar mucho por el pasado, por el recuerdo de la adolescencia, infancia, ya todo está más lejos y empiezan a comprender que ahí estaba el origen de todo, de cómo son, de la vida. Ahí tenés a esos que nombrás. Decime un tango que no hable del piberío, del barrio y la vieja, y se largue a llorar acordándose de todo eso. Por lo general los escritores, arquitectos, tangueros alcanzan su mejor momento después de los cuarenta, eso es universalmente sabido.
– ¿Arquitectos como nosotros? Entonces nos queda tiempo para tener una carrera exitosa y fructífera, por suerte. No deberíamos usarla para estar acá fumando.
– Claro que sí, aunque yo ya haya dejado la arquitectura. El tema central para mí está en que en el transcurso de esa etapa, de la de del proyecto-a-futuro y la del vivo-del-pasado, hay una especie de transición dolorosa que por lo general pasa cerca de los veintisiete, de limbo emocional, donde no te pasa nada che, el corazón te queda hecho de piedra y no podés derramar una lágrima por nada. Como vos, que sos un hombre horrible y me das lástima.
– Es verdad. Vos te hacés en sensible y también sos un hombre horrible como yo, y me das pena, que es peor.
– La lástima es mucho peor que la pena, primero. Y con lo que decís de mí, es solamente porque todavía no salí del limbo, ¿Entendés? Dame unos años más y me vas a ver llorando a moco tendido.
– Acordándote de cuando andabas en bici, ¿no? Dando la vuelta manzana. O cuando mirabas dibujitos, imbécil. Me das un poco de asco.
– Claro, acordándome de la bici. O también de las calles de mi barrio de más grande, tal vez algún día te recuerde a vos fumando ahí contra la ventana mirando la calle, tan joven y sin nada que perder.
– ¿Ya te agarró de nuevo la nostalgia del presente?
– Viste que tengo un corazón sensible, hecho de carnita.
– ¿Tenés birra ahí?
– Tomá.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑