Y a la noche casi antes de dormir, sin poder dormir, me invadió un (el) sueño. Ganas de todo y esperanza, tal vez sea el amor o la alegría, que al mejor estilo Sísifo nunca se dejarán vencer. Inicié una sucesión mental de ilusiones sin conciencia exacta, imágenes alegres, escenas en cámara lenta, hierba eterna. Un sol despojado de hipocresía, el placer. De ese que no termina de salir del estómago, como si se quedara en otra etapa del aparato digestivo y se engendrara en la punta de la lengua con algunas bacterias por no cepillarla debidamente. Fluyendo naturalmente. Blap blap, harían un ruido así, como de sapo bajo un contexto incierto o de gelatina cayendo por las escaleras. El (un) sueño me invadió repleto de imágenes, yo era niño de nuevo, abría una puerta y era feliz. Los muros tomaban cierta dimensión desconocida, eran de alambre y se colocaban en un ámbito maravilloso por donde suele haber satélites y a veces astronautas. La fe se ajustó, le dio exacto en la nota cuando tocaba un sol sostenido con el piano y gritando fuerte ese mismísimo sol, bien sostenido. Se sentía todo junto en el esófago, era la felicidad. Efímera seguro, quedate conmigo, supliqué algo nervioso, volviendo casi súbitamente a un estado de tensión natural. Me quedo con vos, me acarició. No estás solo. Ojalá que esto me pase siempre, que me pase todas las noches antes de dormir, y así no dormir nunca. Eufórico, despierto y soñando. Tuve miedo. En la ventana, la noche oscura. Los vecinos que llegaban a sus casas, se refugiaban en un aparatongongo, la forma de decir aparato con un asco extramundano, y una visión de descanso y sentirse bien. Temblé, quise para siempre el delirio absoluto y las palabras eternas, quise correr. Encontré un silencio prácticamente divino (de dios), claro, de conexión gástrica, de ser más trascendente que mi aparato digestivo, de ser más profundo que el intestino grueso y delgado juntos. Ay, pensé, si tan solo mi mano pudiera tocar, mis yemas rozar con mi búsqueda, con el camino que no es camino todavía, y que quizá se haya convertido en sí mismo, en una calle de tierra paralela, una curva contraria a los atajos, que sea mucho más difícil que el principal, un sendero en el bosque para perderme, y dejarlo todo allí. Tal vez regresando con la verdad oculta, con el cielo y el sol en mis manos quemándome, o perdiéndome tal vez en la negrura de un bosque con ojos tristes y pícaros, como mis vecinos que tienen miedo, como el estómago cuando se retuerce y no da paso a las vigilias y sueños felices, ni a los niños repletos de llanto alegre que duermen en habitaciones de alambre, y sueñan con espacios oscuros y lejanos, infinitos.

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