Cuando lo miré a los ojos, hice algo de fuerza. Después, mucha más. Abrí aún más los míos y lo deconstruí. Pareció tener miedo o suplicar, una de las dos. Tal vez pedir clemencia, escudarse en la compasión o alguna de esas sensaciones cobardes. Mis ojos más fuertes, fueron lentamente absorbiendo los suyos. Modificaron su morfología. Apliqué más intensidad en el hecho, mis ideas modificaron así mis percepciones, tuve entonces la capacidad divina de alterarlo por completo. Su rostro ya no parecía humano ni sus colores reales. Se convirtió en algo abstracto, surreal, incapaz de ejecutar comportamientos naturales, ni sentir temor, ni nada similar. Lo libré tal vez de la cobardía y el miedo, pensé risueño. Reí a carcajadas y miré al cielo. Allí seres inteligibles me felicitaron en principio por mi conversión nouménica definitiva y me juzgaron también por el uso inmoral de mis facultades. Me sentí avergonzado, volví inmediatamente a acariciar y besar la tierra entre sus manos. Hice un esfuerzo más leve y lo regresé a su estado natural. Le pedí disculpas de corazón. Por hoy estuvo muy bien.

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