Dolor moderno. Ese chat. Ese nombrecito que estaba ahí tan al alcance, tan arriba cada vez que uno controla en el teléfono la innumerable lista de la avidez de novedades más burda y enferma. Tan lo último de lo último, una compañía total. Como una roca cayendo en una ladera fría, como una gota, fría también, tiene que estar helada sin excepción. Hacia abajo, con el dedo deslizo nombres como si fueran números, y para buscarte, para repasar palabras, recuerdos. De a poco hay que bajar. Buscarte cada vez más abajo, perdiéndote quizá entre nubes. La montaña está por arriba, ¿Yo estoy arriba? La vida tal vez será esa montaña, yo todavía no sé si soy la montaña o las nubes, o el dedo, quizá sea el teléfono, o mi propia vida materializada en un cuerpo insuficiente. Y vos perdiéndote, tus palabras que te conforman son ahora una nube perdida, un recuerdo cayendo, el tiempo que tic-tac, que te quiere convertir en una fecha, en numeritos groseros, y el muy cobarde lo hace. Ya sos numeritos, sos una fecha, vieja por cierto, que tic-tac como el tiempo, como la roca que cae en la ladera hecha de roca también, pero más grande, y tic-tac va cayendo a 9.81m/s2. Cada tanto el tac es más grave, más perdido y seco, olvidado, al golpear con una superficie más diagonal que provoca una eyección menos paralela a la ladera y TAC, más lejos, justo cuando ya no sé si volverá un tic, un tocar de nuevo con la ladera, con la montaña, esa piedrita se aleja como un paracaidista entre las nubes, se vuelve incalculable e incierto, se pierde, como también pierdo tus palabras y tu fecha, y ya casi que adiós piedrecita perdida entre las nubes, ya no te veo y qué hacer sino seguir, para arriba, en mi mundo, porque en el tuyo yo soy acaso esa piedrecita que tic-tac, que el tiempo y la distancia, que a 9.81m/s2 y me perdí en las nubes y en la caída, y de ahí mirar todo el mundo desde arriba, pero el pico desde abajo, hasta que una nube me tape y me ahogue, y ya no vea nada, ni siquiera a vos, ni siquiera a mí.

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