Esa risa de reojo. Esa risa me mira con su vergüenza incontenible y no me quiere mirar. No quiere que vea cómo se ríe, qué feliz la pone mi presencia. Sabe también lo prohibido de su alegría. Sabe que esa sonrisa no es correspondida, pero ve también la mía. Dos sonrisas cómplices o no tanto, con un intenso deseo sepultado. Tapado con todo con lo que se pueda tapar. Ahí sigue, y ahí está, la efusividad después de la sonrisa, del deseo tal vez obsceno, o no tanto, un poco sano a la vez, un poco hermoso, pero no permitido. Mejor olvidarlo entonces, mejor olvidar esas mejillas coloradas, ese saludo tímido y eufórico, mejor dejarlo pasar para conservar su esencia prohibida e incumplida. Soñando con algo de maldad que su cuerpo la sorprenda y la avergüence aún más, que en su intimidad imagine la mía y mi cuerpo, como yo hago en mi intimidad con el suyo. Adiós sonrisa, espero verte pronto y verte tan contenida como siempre.

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