Sujeté la tierra en plena tormenta y se escurrió entre mis manos, fluyó sin textura, sin solidez ni garantías de nada. Estaba húmeda, olía a vida, a la vida en la tierra. Mojándome la esparcí por mi nariz, mi boca, mi bozo, mi rostro completo y mi cuerpo también. No quiero más que esta tierra y su olor, sus lombrices, su campo repleto de hierba y lluvia. Supliqué entonces a Dios, le dije que no quiero tanto, que no quiero ser tanto, que me deje al menos la tierra en las manos y me llene la boca, la garganta, que me ahogue pero sin dolor atrapado en un punto tangencial de la esencia en esta vida. Se apiadó de mí, me dijo que yo estaba destinado no sólo a no ser tanto, sino a no ser absolutamente nada, y a ahogarme definitivamente en la tierra mojada. Lloré de alivio y reí a carcajadas, me eché bajo un sol que se asomó con ternura. Se puso laboriosamente a secar la tierra y las lágrimas de quienes estamos destinados a no ser nada, y ahogarnos definitivamente en las tormentas del campo.

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