A ver si puedo, quizá pueda. Necesito algo real, algo que se aleje de las altas abstracciones racionales para poder en ese caso, pertenecer a algo cierto y sensitivo. Busco, esta tarde (casi noche) aferrarme a la realidad. Eso haré (futuro), o mejor dicho, tendré (futuro) que hacer. Toco mi barba, reflexiono en el futuro. No existe, claro, será mañana. Allí sólo imágenes o proyecciones de sensaciones, hechos, que no existen, que tal vez existirán, pero no es acaso real, tangible, ni cierto en este momento. Recuerdo el pasado. Pienso en la historia, pienso también en minutos posteriores, pienso cuando escribí la palabra “minutos” en esta misma línea. No existe el pasado, claro. No existe ni yo en él, ni nadie en él ¿Sólo el presente entonces?, negociemos, sólo el presente. Bueno, en ese caso, me aferraré al presente, a la verdad (o mentira, creamos mejor en la verdad) del presente. Me sujetaré fuerte a la palabra “sujetaré”, que quise tomarla pero ya era (pasado) pasado. No quiero despedirme todavía, digo y pienso mientras “todavía” ya no es su propia esencia, no significa todavía. Entonces, más rápido, pisando los talones, caminando cortito, me agarro ahora a una letra a la “a” de ahora. No me sirve. Tal vez en lugar de describir posteriormente la letra a la que me quería sujetar, debería hacerlo previamente, anunciándolo, para demostrar así científica y teoréticamente que en el momento preciso en que esa mismísima letra o palabra es leída por el lector, o escrita por el autor (para lograr fundirnos en un mismo tiempo), ha sido (pasado) “contemplada” o “apreciada”, o vivida en forma plena con total conciencia del presente. Digamos que para lograr apreciar el presente desde el presente, lo anuncio en principio desde el pasado (que ahora mismo es presente) y no desde su futuro (porque ya habrá pasado). No está mal, tiene algo de lógica. Veamos, entonces anuncio con anticipación que viviré en el presente y me sujetaré fuertemente a la palabra “casa” pero no a esta “casa”, sino a la que escribiré en la siguiente oración. El inconveniente es que mientras lo anuncio, en realidad “casa” se me fue, se me hizo pasado, y el presente en definitiva no “será” tal, sino una proyección premeditada desde el pasado hacia el futuro, salteándose acaso la parte importante en la que queríamos trabajar, el presente. De todos modos vamos a hacerlo, ya está, probemos, total no perdemos nada (sólo tiempo, (justo el tiempo (con doble-triple paréntesis))). Viviré en el presente y contemplaré-apreciaré fuertemente la palabra “casa” de la próxima oración:

Qué linda es mi C-A-S-A.

Bueno, debo decir que se siente bien, no estuvo mal. La escribí lentamente con conciencia absoluta, con un aferro al presente, a lo cierto, a mis dedos y el teclado. No sé si le habré ganado al tiempo ni a la realidad, pero al menos por un instante tecleé la letra “C”, y cuando lo hice era mi verdad, “C” fue mi alma, mi vida, mi plenitud. Lo mismo sucedió con “A”, y con “S” y “A”. Lo anotaré (futuro) en mi libreta de hechos y pruebas científicas (entre garabatos de genitales) y reflexionaré sobre lo sucedido (pasado), que ya no sucede, y que vaya uno a saber si en aquel espacio temporal aún existe y es real, porque en éste espacio de A-H-O-R-A (presente), ya no lo es.

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