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tundrario

mes

marzo 2017

En un jardín de armónicas proporciones se celebraba un cumpleaños. Los invitados asistieron con ánimos de agasajo y el anfitrión manifestaba moderadamente su dicha.

Mientras se entablaban diversos debates, dos hombres extraños se vieron atraídos inmediatamente al descubrir una asombrosa afinidad en sus pensamientos. El diálogo se desarrollaba naturalmente entre todos los presentes al mismo tiempo que ellos compartían sus conocimientos con entusiasmo.

Espontáneamente decidieron apartarse y continuaron intercambiando conceptos. Finalmente acordaron un encuentro privado, donde se imaginaron proponiendo algunos análisis sobre los temas más remotos.

La semana posterior se llevó a cabo la cita, la cual resultó agradable en un principio. Ambos reían y se asombraban al encontrar tantas coincidencias en sus ideas. Compartían las mismas percepciones musicales y literarias, lo mismo sucedía cuando debatían sobre valores filosóficos y existenciales.

El diálogo avanzaba a una velocidad desmedida. Sumergidos en un mar de excitación, continuaron por confesar intimidades, sus actitudes más retorcidas y algunas perversiones.

Lentamente la conversación se tornó extraña. Se vieron prácticamente idénticos, y continuaron por proyectarse mutuamente. De pronto cada uno descubría el potencial y las virtudes ajenas. Podían también apreciar las más íntimas reflexiones, las cuales venían inmediatamente acompañadas por sus propios miedos.

En ese instante se concentraron en la más profunda introspección sin ignorar que el otro también lo haría. Se miraron fijamente con pánico. Ambos se examinaban en forma juiciosa y aterradora. Frente a sí mismos hallaban a su peor amenaza.

Sin decir una palabra se levantaron conjuntamente. Se miraron a los ojos comprendiendo la situación de manera clara, se dieron la mano con énfasis y jamás volvieron a verse.

¡Fuego!, se logra escuchar. Se trata del fortísimo Ejército Mediático Comunicacional, ¡Avancen! Una y otra vez. Las mentes débiles e impropias, seres inauténticos caen torpemente. Por los aires vuelan perdigones amarillos cargando noticias, vuela la música compuesta por repugnantes almas que odian la música, también vuela cine compuesto por tristísimas almas que odian el cine, vuelan también seres, personas despreciables que merecen morir, pero no mueren, sino que, como una enfermedad lo dominan todo y expanden lo peor que haya engendrado este humilde planeta.

El grandísimo ejército teje redes, ata sujetos y subjetividades, nos sumerge para siempre en el letargo, en un soma que resultó real, y atrapa mentes que se desintegran en el campo de batalla. Los cerebros buscan avanzar para responder al ataque pero embriagados se detienen liberando dopamina. La región aislada donde se lleva a cabo la cruzada se encuentra húmeda, mojada por el propio éxtasis mental, por los orgasmos de los cerebros detenidos y su fallida descarga sexual.

Del otro lado defienden la frontera algunos artistas, filósofos y religiosos. No logran avanzar sino que sólo pueden conformarse con la espera. Conservan libros y preguntas, cuestionan su propio ser y la esencia de su especie. Se puede ver cómo en definitiva, todo cae a pedazos, cómo una música “easy listening” atrapa el frente de la trinchera con un moderno narcótico sonoro y derrumba todo a su paso.

Los protectores de la causa se encierran en búnkers cada vez más débiles y leen, escuchan música, lo hacen con desesperación y se observan con pena y dolor, no debería ser así, no debería ser desesperadamente. El techo comienza a moverse y a caer. Los filósofos bajo los escombros toman sus libros y leen, y leen más fuerte, luchan.

Se escuchó llorar a un soldado defensor de la Causa Existencial, y gritar a otro, a un soldado amigo que se encontraba del otro lado. Vámonos, vamos al campo de batalla, no se puede tolerar esto ni mantener mucho más este sitio. Tal vez caigamos bajo su poderoso armamento de novedades, o sus narcóticos sonoros, pero será placentero, y caeremos de todas maneras, acompáñame.

Su colega se encontraba contraído bajo la trinchera, leía con dolor y fortaleza. La música compuesta por las repugnantes almas que odian la música no podía tocarlo todavía; ni tampoco el cine generado por los despreciables seres que odian el cine. Pudo por un momento abandonar su lectura y dirigió a su amigo su mirada, una sonrisa, y también unas palabras:

¡Fuerza soldado!, tome su libro y lea fuerte. Todavía quedan aquí causas por defender.

Sujeté la tierra en plena tormenta y se escurrió entre mis manos, fluyó sin textura, sin solidez ni garantías de nada. Estaba húmeda, olía a vida, a la vida en la tierra. Mojándome la esparcí por mi nariz, mi boca, mi bozo, mi rostro completo y mi cuerpo también. No quiero más que esta tierra y su olor, sus lombrices, su campo repleto de hierba y lluvia. Supliqué entonces a Dios, le dije que no quiero tanto, que no quiero ser tanto, que me deje al menos la tierra en las manos y me llene la boca, la garganta, que me ahogue pero sin dolor atrapado en un punto tangencial de la esencia en esta vida. Se apiadó de mí, me dijo que yo estaba destinado no sólo a no ser tanto, sino a no ser absolutamente nada, y a ahogarme definitivamente en la tierra mojada. Lloré de alivio y reí a carcajadas, me eché bajo un sol que se asomó con ternura. Se puso laboriosamente a secar la tierra y las lágrimas de quienes estamos destinados a no ser nada, y ahogarnos definitivamente en las tormentas del campo.

  • ¿Pero quién sos vos?
  • Yo soy el viento.
  • ¿Y dónde estás?
  • En todos lados.
  • ¿Y para dónde vas?
  • Para todos lados.
  • ¿Y tu forma?
  • No tengo.
  • ¿Sos Dios?
  • No, soy el viento.
  • ¿Tenés vida?
  • No tengo.
  • ¿Sos eterno?
  • Lo soy.
  • ¿Lo has visto todo?
  • Lo he visto todo.
  • ¿Lo verás todo?
  • También, lo veré todo.
  • ¿Y qué pensás?
  • No pienso.
  • ¿Y sos feliz así?
  • No lo soy.
  • ¿Sos infeliz?
  • Tampoco.
  • ¿Y qué sos?
  • Soy el viento.

A ver si puedo, quizá pueda. Necesito algo real, algo que se aleje de las altas abstracciones racionales para poder en ese caso, pertenecer a algo cierto y sensitivo. Busco, esta tarde (casi noche) aferrarme a la realidad. Eso haré (futuro), o mejor dicho, tendré (futuro) que hacer. Toco mi barba, reflexiono en el futuro. No existe, claro, será mañana. Allí sólo imágenes o proyecciones de sensaciones, hechos, que no existen, que tal vez existirán, pero no es acaso real, tangible, ni cierto en este momento. Recuerdo el pasado. Pienso en la historia, pienso también en minutos posteriores, pienso cuando escribí la palabra “minutos” en esta misma línea. No existe el pasado, claro. No existe ni yo en él, ni nadie en él ¿Sólo el presente entonces?, negociemos, sólo el presente. Bueno, en ese caso, me aferraré al presente, a la verdad (o mentira, creamos mejor en la verdad) del presente. Me sujetaré fuerte a la palabra “sujetaré”, que quise tomarla pero ya era (pasado) pasado. No quiero despedirme todavía, digo y pienso mientras “todavía” ya no es su propia esencia, no significa todavía. Entonces, más rápido, pisando los talones, caminando cortito, me agarro ahora a una letra a la “a” de ahora. No me sirve. Tal vez en lugar de describir posteriormente la letra a la que me quería sujetar, debería hacerlo previamente, anunciándolo, para demostrar así científica y teoréticamente que en el momento preciso en que esa mismísima letra o palabra es leída por el lector, o escrita por el autor (para lograr fundirnos en un mismo tiempo), ha sido (pasado) “contemplada” o “apreciada”, o vivida en forma plena con total conciencia del presente. Digamos que para lograr apreciar el presente desde el presente, lo anuncio en principio desde el pasado (que ahora mismo es presente) y no desde su futuro (porque ya habrá pasado). No está mal, tiene algo de lógica. Veamos, entonces anuncio con anticipación que viviré en el presente y me sujetaré fuertemente a la palabra “casa” pero no a esta “casa”, sino a la que escribiré en la siguiente oración. El inconveniente es que mientras lo anuncio, en realidad “casa” se me fue, se me hizo pasado, y el presente en definitiva no “será” tal, sino una proyección premeditada desde el pasado hacia el futuro, salteándose acaso la parte importante en la que queríamos trabajar, el presente. De todos modos vamos a hacerlo, ya está, probemos, total no perdemos nada (sólo tiempo, (justo el tiempo (con doble-triple paréntesis))). Viviré en el presente y contemplaré-apreciaré fuertemente la palabra “casa” de la próxima oración:

Qué linda es mi C-A-S-A.

Bueno, debo decir que se siente bien, no estuvo mal. La escribí lentamente con conciencia absoluta, con un aferro al presente, a lo cierto, a mis dedos y el teclado. No sé si le habré ganado al tiempo ni a la realidad, pero al menos por un instante tecleé la letra “C”, y cuando lo hice era mi verdad, “C” fue mi alma, mi vida, mi plenitud. Lo mismo sucedió con “A”, y con “S” y “A”. Lo anotaré (futuro) en mi libreta de hechos y pruebas científicas (entre garabatos de genitales) y reflexionaré sobre lo sucedido (pasado), que ya no sucede, y que vaya uno a saber si en aquel espacio temporal aún existe y es real, porque en éste espacio de A-H-O-R-A (presente), ya no lo es.

Ella entró en mi departamento y se me acercó cubriendo su rostro. Yo le quería decir que la amaba y buscaba su boca. Ella reía y me esquivaba mientras besaba mi cuello y besaba mis hombros. Yo reía aunque no podía verla, algo nervioso trataba de quitar el pelo de sus ojos pero no me lo permitía.

Yo no sabía si estaba soñando pero nunca amé tanto como aquel día. Su sonrisa era oscura y me hacía ver pequeño. Era lo que siempre había imaginado, y justamente hacia ella dirigía todo el amor que jamás supe concebir. Quise explicarle lo que sentía con palabras pero sonaba exagerado, traté también de ser paciente y generar distancia pero no pude.

Busqué mi orgullo y no lo encontraba. Me acercaba y la deseaba cada vez más. Quería que fuese mía, quería que me ame como yo la amaba o más todavía. Quise convertirme en su razón de existir, su energía para enfrentar cada día. Quería que me enseñe su rostro, quería besarla en la boca.

Yo no sabía si estaba soñando pero nunca amé tanto como aquel día.

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