Claro que tengo miedo, nunca lo negué. ¿No ves acaso mi boca?, ¿No ves acaso mis labios? ¿Mi temblor fino, mi gesto dubitativo torpemente elegante, mi ser completo? Nunca estuve seguro, nunca lo estaré tampoco. A veces sueño que me despierto y estoy en medio del campo, me levanto lentamente entre la hierba y estoy repleto de rocío. En las gotas diminutas descubro algo de piedad, sí, algo de piedad, no sé bien por qué pero empiezo a correr y a sacudirme, a sentir el frío que me hiela, que de alguna manera me recuerda a lo amargo, al sacrificio incesante, infinito. Me encuentro también con alguien que creo saber quién es pero no estoy seguro y lo abrazo, lo contengo despacio, acaricio y le digo que ya va a pasar, que todo cesará, y le explico que en realidad el rocío no cae, se genera solo, se generó en mi cuerpo y en el de él, y en el campo entero, pero ahí nomás, no tan lejos, no en el cielo, cerca de nosotros mismos y en nosotros mismos también, y justo en ese momento despierto con una sensación de que algo bueno está por suceder, de que al fin y al cabo no se puede ser tan canalla, y algo bueno debe (del verbo deber) suceder.

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