De dónde sacaste ese diamante, me dijo. No sé, lo encontré, qué querés que te diga, lo encontré por ahí, y es definitivamente un diamante. No sé exactamente el valor que tiene pero sé que es un diamante y nadie me lo puede sacar. Me preguntó de nuevo si el diamante lo había encontrado o en realidad lo había generado yo. ¿Y cómo lo voy a generar, qué te pensás que soy? Me dijo también volviéndose oscuro, cobrando de pronto un halo de misterio, una mirada tenaz, que los diamantes no se encuentran solos, que hay que buscarlos o en realidad se pueden hacer, se generan en casa si tenés un poco de espacio. En el patio ese que tenés vos, me dijo, ahí podés hacer perfectamente un diamante, ¿Y cómo lo voy a hacer? Si te digo que no lo hice yo. No tenés que darte cuenta para hacerlo, no siempre tenés que darte cuenta para hacerlo. A veces te llega esa hora en que no estás seguro por qué ni cómo pero te sale un diamante, te sale de las manos, del sudor, de la sangre, la cara, como sacarte una careta, ¿Entendés? Yo no estaba seguro de que estaba entendiendo pero empecé a mirar el diamante, empecé a sentirlo mío, pero de verdad, de engendrarlo, de no ser una tonta casualidad de haberme tropezado con él por ahí, y lo mostré, se lo mostré a todo el mundo y les dije que tengan mucho cuidado, y que aunque me lo roben no me importaba, que lo toquen y hagan lo que quieran porque yo estaba seguro y tenía muy claro de donde había salido. Mis entrañas se extrañaron en principio pero se vieron al fin con su debido reconocimiento, su trabajo apreciado, y exhaustas descansaron y dejaron que yo me encargue de mi parte, y aunque no lo sabía todo, supe que no había más verdad que esa y que tenía razón, y que al mirar el diamante, siempre la tendría.

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