Vi en sus ojos su inocencia, su consideración ingenua, su falta de herramientas para explicarme sus razones. Yo las sabía pero siempre fui malo. Insistí, desaté una aglomeración de palabras que unidas tenían sentido, que formaban una ecuación matemática sólida, una defensa india de rey infalible, y castigué e insistí en la herida, en lo racional, en un método perverso y manoseado, manipulando conceptos, trastocando verdades y alterándolas para siempre, para que crea que es culpable, que tuvo la razón y la perdió, se le escurrió entre sus manos y ahora todo es confusión, es falta. Vi su tristeza, sentí lástima sincera. Quiso explicarme pero no le quedaba más nada, se resignó. Sus ojos lagrimeaban, rogaban que comprenda, que por una vez desestime la lógica y no haga de todo esto una construcción logarítmica imposible porque será justamente imposible para siempre. Ahondé una vez más. Calculé diez jugadas adelante, y nada más se pudo decir, todo acabó como acaban las cosas efímeras, como acaban los libros que no tienen sentido, como acaba a veces el amor o el odio, o más bien las sensaciones similares e insuficientes que se acercan a la falta de amor, o la falta de odio.

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