Era posible que pueda fluir. Fluir y andar como un río que lentamente baja por la montaña y que es agua de la más pura. Recibiendo en su recorrido algunos arroyos, alguna que otra bajada que se atreve a sumarse a la travesía, sumirse en el jolgorio de la dirección principal, del río madre que baja alardeando de su admirable condición y de su caudal cada vez más robusto, con un destino cada vez más claro. Los vientos acompañan y animan, dan paso a la obra suprema del agua, a la obra suprema del río que baja y lo hace con fuerza, aumentando poco a poco su velocidad, sus kilómetros por hora si me permiten, su distancia sobre tiempo, su espacio temporal de la velocidad, su avance rotundo e inexorable. El río baja y sigue, se suman también al recorrido algunos peces, se suma la tierra y algunas rocas, siguen bajando todos juntos, el cauce más grande, el volumen de agua más pesado, más kilogramos si me permiten, más masa, más de todo. El río se quiere volver inmortal y más veloz, como lo es escurridizo desde el principio, cuando nadie confiaba en él, como lo será en su desembocadura, como siempre soñó. Los elementos naturales se añaden siguiendo a un orador formidable, su rapidez aumenta, sus kilómetros por hora son más, no me atrevo a decir cuántos pero se trata sin dudas de una corriente veloz. Arroyos más grandes forman parte de la expedición, la velocidad es mayor y cada vez más cerca del final, y ya casi que quiere llegar y llega. Es ahora el río más inmenso de todo el mundo, y su velocidad la mayor de todas, y es justo en este instante de apogeo que sus kilómetros y sus horas terminan  por aburrirse, han dejado de ocupar espacios tan rutinarios como de numerador y denominador, se han unido, ahora ya no son ni una cosa ni otra, ni espacio ni tiempo, se han convertido en una única unidad divina sin medición posible, en el río, que lo es todo en sí mismo, que no quiere ser otra cosa, porque vagará, porque su honestidad no le permite ser clasificado, porque el río es más fuerte que el viento, el río desembocará y será el océano, y una vez allí todo tendrá sentido o ni siquiera, una vez allí hará lo posible por recordar quien fue, reconocerse a sí mismo e imaginar los cerros, sus inicios, las montañas y el deshielo, los kilómetros recorridos, y también las horas.

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