Cómo estás, Lizette. Hoy te vi pasar. Te vi por ahí y te imaginé, te pedí permiso también para imaginarte y me lo diste. Me dejaste, muchas gracias, Lizette. Me dijiste que haga lo que quiera con vos en mi mente, que podía acariciar tu espalda, rozar tu cintura, tus muslos. Podía también verte sonreír, creyendo en mí, amándome. Te imaginé feliz, dibujé en tu cuerpo algo cursi, tal vez un corazón. No hay nada más cursi que dibujar un corazón, Lizette. No me daba vergüenza porque eras imaginaria, porque podía dejar de especular y explotar de amor, repetirte una y otra vez que te quiero, que te amo, Lizette. Te abracé también mientras te acariciaba y me permití ser dios, controlarte, imperturbable, no sentir nada. Te vi retorcerte. Vi tus mejillas rojas, te vi avergonzada, Lizette. Te perdiste en el placer de mis caricias, toqué tus muslos y estaban húmedos, estaban mojados por tu confusión y tus mejillas ardían, exultantes, te dije que me resultaba absolutamente vulgar de tu parte, Lizette. Me mirabas con miedo, no comprendías, yo impertérrito, era hielo, era sencillamente el titiritero de tu cuerpo, que no dejaba de retorcer y utilizaba con desdén para armar figuras imposibles. Y así te miré, te rodeé completa con mis brazos y no estabas ahí, estabas perdida en un mundo imaginario, te esfumaste con tus mejillas rojas y me preguntaste qué vendría a continuación, te vi perderte, Lizette, y pidiéndote disculpas, con ardor y temor te consulté si podría ser, si será posible, si por favor, podría imaginarte una vez más y hacerte lo que yo quiera, Lizette.

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