Una baldosa floja, un cantero repleto de yuyos, y un fresno americano conversaban tranquilamente en la noche, exprimiendo de la mejor forma posible las sombras y las horas vacías, el tiempo prohibido para la existencia del hombre. De pronto callan, se oyen pasos humanos y logran descubrir con antelación de quien se trata. Apareciendo por la esquina se hace presente la sombría, alegre, y contradictoria figura del hombre más noble de la ciudad. Saluda a los yuyos y al fresno, pisa la baldosa floja y sonríe. Resulta redundante presentar al grandísimo Attilio Olivetti, el escritor de tangos más extraordinario que ha engendrado Buenos Aires.

Esa noche no se dedica exclusivamente a la búsqueda de su mejor tango, más bien está buscando otra cosa. Ha escuchado un tango cantado con su propia voz durante su caminata y se siente algo inquieto. Dio vueltas por el barrio, cruzó calles y dobló en esquinas persiguiendo aquella voz que parecía ser suya. Oía también cómo se alejaba, podía sentirla de cerca también. Por momentos la percibía detrás de unos arbustos, a metros de sí mismo, en otras ocasiones interpretaba que aquella expresión vocal había desaparecido.

No sabía exactamente qué tango estaba cantando, pero estaba seguro que la voz le pertenecía y debía buscarla. Tal vez al encontrarla podría definitivamente dedicarse a escribir y el mejor tango se aproxime a él sin ser buscado, sin ser esa obra efímera e intangible, escurridiza entre baldosas y yuyos, entre brisas de primavera porteña y calor sofocante. Ahora podría dejar de buscarlo para encontrar la piedra fundante del mismo, aunque reconocía en silencio que tampoco sería una tarea fácil.

Fuma tabaco y sonríe una vez más, la única certeza que lleva bajo sus pies caminantes, en su sombrero de tango viejo y sensiblero parece que nunca cambiará, que será la misma hasta la eternidad y el día signado para su despedida, del mismo modo que la fuerza superior había tratado a su padre, una búsqueda infinita, inacabable, siempre búsqueda, siempre caminata, siempre lo mismo, pero siempre distinto, porque no cabe nada que se reitere y se vuelva rutinario en el alma del más grande escritor de tangos de la ciudad de Buenos Aires.

Dobla en la esquina y se pierde, la cuadra ya lo extraña, la noche lo saluda y lo espera con nuevas enseñanzas mudas, con proyecciones de ideas que Don Attilio terminará por dar forma, para algún día engendrar tal vez en este mundo o en el otro, su mejor tango.

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