Augusto despierta bañado en su propio sudor. Examina lentamente la situación en la que se encuentra y se presenta aún más siniestra que su reciente pesadilla. Se descubre sentado y atado. En su cabeza una especie de cinta metálica comprime su cráneo de tal forma que hiere su piel. Unas diminutas gotas de sangre brotan gradualmente por su frente.

Rápido entiende que dicha faja traslada información a través de unos cables, conectando su cabeza con un gran artefacto que se distingue en una mesa ubicada a su lado. La habitación que da lugar a este hecho es difícil de describir. El hombre no comprende cómo llegó a ese lugar. El olor a orina es tan fuerte que por momentos lo marea. Las paredes carecen de terminaciones y unas extensas manchas de humedad terminan por presentar el espacio como una escena verdaderamente tétrica.

La puerta se abre detrás de él. El hombre oye unos suaves pasos que se acercan y pasan por su lado. Dicha persona se ubica dentro de su campo visual y sigue caminando en busca de una silla. Augusto comienza a percibir sensaciones de horror decididamente perturbadoras. Suda cada vez más, su corazón parece salirse de su cuerpo, sus ojos se muestran completamente desorbitados.

El caballero que permanece de pie toma una silla y gira para mirarlo a los ojos. Sucede algo asombroso. Aquel individuo no tiene rostro. Sujeta la silla con su brazo derecho y la arrastra hasta ubicarla delante de Augusto. Antes de sentarse, se dirige a un pequeño armario y toma dos objetos: un pequeño grabador y un cartón que a simple vista parece tener más de un metro de alto y otro de ancho, con una especie de impresión montada.

A continuación el hombre sin rostro se sienta delante de Augusto y presenta ante él la imagen impresa en el cartón. Se trata de una gran paleta de colores, como si fuera una gran muestra. Resulta incalculable la cantidad de pequeñas casillas que se exhiben representando una abundante gama de colores. Cada uno de ellos se expone a través de miles de variantes, combinándose con distintos grises y con un código numérico debajo.

Augusto no logra comprender la situación como pretende. Desearía observar a los ojos a quien se presenta delante de él, pero su ausencia de rostro lo hace imposible. La sangre sigue derramándose por su frente y se acumula en sus cejas.

De pronto, el hombre sin rostro levanta el pequeño grabador y oprime un botón. Se oye una grabación que dice:

  • ¿Cuál es tu color favorito?

Augusto sigue sudando. La situación está por encima de su comprensión, busca la calma y con desesperación dice un número que aparece en la lámina. Inmediatamente el artefacto que se conecta con su cabeza enciende una luz roja y emite un sonido que sin reflexionar demasiado parece la representación de un error. Es un detector de mentiras.

Al parecer no dijo la verdad en el momento de elegir su color favorito. El hecho más preocupante es que frente a semejante gama de colores, no sabe cuál es.

El hombre sin rostro se pone de pie e inesperadamente lo golpea con una fuerza descomunal que le hace estallar la nariz. La sangre recorre su bozo, sus labios, y su mentón. La escena se asemeja a un tipo de manantial sangriento y aquel líquido termina por derramarse en el piso.

El hombre sin rostro se sienta nuevamente y hace click en su grabador:

  • ¿Cuál es tu color favorito? – Parece que es todo lo que aquel dispositivo puede reproducir.

Augusto entiende la seriedad de la situación y a pesar del dolor físico busca reflexionar. Azul, su color favorito siempre fue el azul. Busca la gama de azules y detecta miles de variantes de aquel color. Algunos más oscuros, otros más claros, más chillones, más o menos saturados. Cientos de variantes de azul marino, eléctrico, francés. En aquel montaje había más azules de los que conocía. Casi al azar elige uno y pronuncia el número que le corresponde al color.

El detector de mentiras vuelve a emitir el mismo sonido y se enciende la luz roja. El hombre sin rostro deja su asiento y lo golpea en su magullada nariz, ahora con mayor fuerza.

Augusto está confundido y aturdido. El dolor no le permite pensar, desearía estar en cualquier otra parte. La situación le resulta extremadamente injusta.

Las acciones se repiten y Augusto completamente entregado y rozando la inconsciencia indaga en su mente, recuerda su infancia, busca momentos decisivos que determinen cual es exactamente su color favorito. El hombre sin rostro lo hace una y otra vez. Reproduce la pregunta y ante el error, se pone de pie y lo golpea con total violencia en su rostro.

Augusto está a punto de desmayarse y no sabe cómo no ha ocurrido hasta ahora. Su aspecto natural está completamente desfigurado y repleto de sangre. Luego de un violento golpe, el hombre sin rostro se pone de pie y se dirige hacia el armario donde guardaba los elementos ya mencionados. Encuentra otro grabador y vuelve a su asiento. Oprime el botón de reproducir y se escucha:

  • Esta será tu intento número diez.

¿Qué significará eso? El dolor físico de Augusto es ahora bloqueado por un miedo perturbador.

El hombre sin rostro deja el grabador en la mesa y sujeta nuevamente el que había utilizado hasta ese momento. Se logra escuchar:

  • ¿Cuál es tu color favorito?
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