Quién lo hubiera creído, Magdalena. Quién hubiera creído al final me encontraría escribiéndote el cuento que querías, así con tu nombre, porque tu nombre es de cuento, Magdalena. Quién hubiera creído que el último domingo terminaría siendo el último de tantos. Domingos de sábanas y cigarrillos, de cine y fútbol, domingos de mate con y sin tabaco, de delivery asegurado, de medialunas que no te gustaban, Magdalena. Quién hubiera creído que con esa sonrisa contagiosa tu cuento iba a ser triste.

El último de todos los domingos lo tuvo todo. El sexo encantador, sin aliento. Nada de fútbol, sino más bien tenis esta vez. Vimos la mejor película de todas las que vimos. Te descubrí borracha por primera vez, vi tus fotos desnuda para otro hombre, Magdalena. Como si fuera poco, además de tenerlo todo, tuvo un sueño sin despertador. Nuestro último domingo tuvo la delicadeza de extenderse, de convertirse también en la mañana del lunes, para que despiertes y me abraces, para que hagas fiaca de un costado y del otro, de atrás, de adelante, encima de mi pecho, y así nos dormimos un rato más, cómo me gusta dormir así, y sobre todo, que vos duermas así,  Magdalena.

Nuestro desayuno como siempre, mate y cigarrillos, algo de existencialismo de paso, del sentido de la vida y esas cosas de las que siempre hablo, no porque me guste ser monotemático, sino porque es en lo único de lo que puedo hablar. También tuvo tu confesión final de que las medialunas que llevaba en realidad no te gustaban, de que el almíbar que tanto busco, es justo lo que vos no, porque somos así de distintos, porque nos gustan y buscamos cosas distintas, porque este texto es tan trillado como el desamor, como el dolor de la despedida.

No reniego de estas líneas tampoco. Tal vez en ellas se guarde el recuerdo, nuestro recuerdo que vagará en imágenes cada vez más confusas hasta perderse para siempre. Aquí quedarán sepultadas, selladas, o más bien escritas, para estimular un poco nuestra memoria y vernos posiblemente abrazados, o riendo, Magdalena.

Y con algo atascado en el pecho me fui de la calle Núñez, me subí al auto, prendí la radio y Donado, el boulevard y Congreso, Donado de nuevo pero con túnel, después Monroe, y me fui para siempre, para no volver a ver tu rostro, para que tu vida repleta de programación, producción, de miedos también, homeopatía, y que tu hermano que escribe, y que tu hermana lo otro, que tu abuela la fina y la otra, que tus viejos y toda tu vida de pronto se convierta en un objeto, en un espacio de tiempo con principio y fin, y con ese final se vaya volando de la mía como en pedacitos, como saliéndose de mi cuerpo a la misma velocidad que voy por Monroe a mi casa agarrando bien fuerte el volante para no dudar, a seguir recolectando el sentido de la vida en otro lado, esta vez sin mates ni cigarrillos ni medialunas, un sentido que sin notarlo vos me diste por un tiempo a mí mismo.

Quién hubiera creído que terminaría sabiendo algo tarde que te voy a extrañar mucho, y que nunca te prometí nada, pero te quise, Magdalena.

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